Valls un español en ascenso

PARÍS- Representa a la derecha del Partido Socialista francés (PS) y no por ello se esconde. Aunque él prefiere decir que encarna «la modernidad». Admirador de la socialdemocracia del norte de Europa, Valls siempre está en primera línea, dispuesto a combatir los arcaísmos y los viejos esquemas del socialismo. Otorgándole ahora el Ministerio del Interior, el presidente François Hollande recompensa a Manuel Valls no sólo la fidelidad de una figura ascendente dentro del partido, también reconoce a uno de los artífices de su victoria. Este socialista quincuagenario, nacido en Barcelona en 1962, de padre catalán –el pintor Xavier Valls– y madre suiza, naturalizado francés en 1982, se ha convertido durante la campaña presidencial en la sombra del candidato Hollande. Su labor como director de comunicación se ha saldado sin prácticamente ningún error y desde hace meses el interesado ha mostrado su preferencia por este ministerio. De hecho, es una de las pocas voces dentro del Partido Socialista que defienden una línea dura en materia de seguridad e inmigración. Hasta el punto de compartir algunas de las leyes aprobadas por los distintos Gobiernos del ex presidente conservador Nicolas Sarkozy, lo que le valió repetidas llamadas al orden de la primeria secretaria del PS, Martine Aubry, con quien las diferencias ideológicas son más que evidentes.

Tiene fama de provocador y de ser un electrón difícilmente controlable. De tornar la chaqueta con cierta facilidad según cómo sople el viento. En 2005 pasó del «no» a la primera Constitución europea a apoyar su aprobación en referéndum al constatar que los partidarios del «sí» eran minoritarios. Cuestión de «pragmatismo», según él.

Su paso por las primarias socialistas el pasado otoño fue un buen trampolín para revelarse ante el gran público. Entonces tuvo que competir con los pesos pesados del partido (Aubry, Hollande, Fabius o Royal), pero demostró una gran pugnacidad. No ha sido posible en 2012, pero 2017 está a la vuelta de la esquina y su puesto de ministro contribuirá a labrarse la popularidad necesaria.

Este discípulo del socialista Michel Rocard, el enemigo eterno de François Mitterrand, es reformista y lo reivindica dentro de una formación anquilosada por el peso de las costumbres y de las ideologías periclitadas.

Mientras en el seno de su partido hablar de inmigración o seguridad sigue siendo casi un tabú, Valls ha sido de los primeros en romper el hielo. Aplicando como alcalde de Evry, una ciudad de la periferia de París, recetas más propias de un consistorio conservador: aumento de efectivos policiales, caza al gamberro y refuerzo de la video vigilancia. Sin pudor reconoce que estas cuestiones no son propiedad de la derecha y que por descuidarlas los socialistas han pagado el precio: perder tres elecciones presidenciales consecutivas.