El alma del fútbol

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La primera jornada de la Liga de Fútbol Profesional se ha celebrado sin la narración directa de las cadenas de radio en los estadios de Primera y de Segunda división. ¡Grave error! Por encima de dinero y de intereses, de marcas y de competencias, en España el fútbol, la Liga de fútbol, sin radio en directo no tiene alma. Es más, ni siquiera ahora que en los distintos canales de televisión, ya sean de pago o en abierto, se pueden seguir todos los partidos, la radio no deja de tener su papel. Y es que nadie se puede olvidar de que la verdadera explosión de la Liga en España llegó, en su día, a ritmo de radio. ¿Quién no se acuerda de los banquillos en jornadas finales de la Liga con jugadores y entrenadores con el pinganillo más pendientes de otros estadios que del propio equipo por aquello de las carambolas de los puntos? ¿Quién no ha ido a un campo a ver a su equipo con la radio como compañía imprescindible para seguir el propio partido? ¿Quién no ha escuchado cantar un gol en un graderío en un estadio cualquiera, un gol que se estaba celebrando muy lejos de allí pero que se estaba siguiendo por la radio?

Es indiscutible que el fútbol es un negocio para la radio. Decir lo contrario es negar la evidencia. Pero también hay que decir que el fútbol sin radio pierde el pulso, entierra el ambiente y revuelve las entrañas. No es verdad que la radio provoca la deserción del público de los estadios. La radio es otra cosa, la radio anima, la radio incita al aficionado a vivir al fútbol en directo, la radio es la mejor convocatoria que tiene la Liga de Fútbol Profesional para que los estadios se abarroten. La radio y el fútbol forman parte de la sociología española de las tardes de los fines de semana, de las noches de fútbol europeo, de los grandes éxitos de nuestra Selección.

Intentar hacer caja ahora desde la Liga de Fútbol Profesional con las radios es un error estratégico. Nadie niega que las radios hacen negocio con el fútbol. Pero eso no es malo, ni perjudica a nadie. En todo caso beneficia en exclusiva a los equipos de Primera y de Segunda. Esas tardes de domingo pegados a un transistor o a la radio del coche son parte del costumbrismo español. Empeñarse ahora en sacar dinero a algo y a alguien que ha ayudado al fútbol cuando estaba en decadencia, cuando no movía el dinero que mueve ahora o cuando los estadios no se llenaban es tropezar intencionadamente en un pedrusco sin precedentes.

El fútbol necesita de la radio; a la radio le viene bien el fútbol. Las cosas están bien como están. Cuando algo funciona es mejor no tocarlo. Y desde luego, en esta guerra absurda en primer lugar pierde el aficionado y terminará perdiendo el fútbol. Con este panorama están condenados a entenderse. La radio en España con el fútbol tiene una fuerza que es imposible de comparar con el resto de ligas europeas; no darse cuenta de ello y aplicar esquemas puramente mercantiles es meterse en un callejón sin salida.