La Orquesta Nacional de fábula

Ciclo Música de hoy M. Sotelo: «Arde el alma»; H. Lachenmann: «Ausklang». Voces: Milagros Poblador (soprano), Arcángel (cantaor), Yukiko Sugawara (piano). Orquesta Nacional de España. Director: P. Rundel. Auditorio Nacional de Música, Madrid, 9-X- 2010.

Los 15 años de «Música de hoy» fueron presentados con simpatía y arrebato contagiosos por Xavier Güell, su espíritu rector. La sesión se abría con una página estrenada por la misma Orquesta Nacional que daba base al programa, «Arde el alma», de Mauricio Sotelo (Madrid, 1961), página de 2008 creada para sus dos protagonistas vocales, la magnífica soprano madrileña Milagros Poblador y el cantaor onubense Francisco José Arcángel Ramos, en combinación tan sorprendente como eficaz y que hace que la pieza sea patrimonio virtual de estos dos artistas. Sotelo, como en el previo «Rayo de tiniebla» –también concebido para Arcángel–, vuelve a redactar una obra directa, que conecta de manera inmediata con la audiencia, sin renunciar a su lenguaje ni a su estética, dentro de ese «flamenco espectral» definido ingeniosamente por Güell en su alocución. La segunda parte la llenaba una obra del germano Helmut Lachenmann (Stuttgart, 1935), también presente en la sala y mentor además de Sotelo.

Profesional del sonido

Este ciclo va a homenajear en varias sesiones al músico alemán con motivo de sus 75 años. «Ausklang» es un concierto para piano y orquesta completado en 1985, interpretado con dedicación encomiable por la japonesa Yukiko Sugawara. Desde los primeros cinco minutos, resulta incontestable que el autor de la obra es un maestro, un gran profesional del sonido. El problema es que «Ausklang» dura 53 minutos, y pasados cinco da igual que la página dure 15, 30, 50 u 80. Algo menos de una hora de fascinantes efectos sónicos, de cientos de células aisladas, que no proporcionan itinerario alguno: la obra no va a ninguna parte, pese a que su autor habla de «una sinfonía escondida», y de una ascensión y de la contemplación serena desde las alturas: la pieza es, en ciertos aspecto, un arco, en el que, a los 30 minutos y durante los siguientes 10, Lachenmann elabora una serie de impresionantes clímax que dan una aparente idea de culminación, para volver luego a la telaraña de sonoridades previas, sugerentes, sí, pero que procuran en conjunto una completa sensación de incontinencia creativa sin rumbo. De fábula, eso sí, la prestación de la Orquesta Nacional, que a su impresionante forma técnica añade una versatilidad inusitada. Peter Rundel gobernó con mano maestra toda la sesión, recibida con calor por una audiencia plenamente entusiasta.