Historia

Rocío Webster (I)

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Días antes de que la matasen de un disparo en Cleveland, recibí en el Savoy una carta de Lorraine Webster en la que me decía que si por algo aún me recordaba con afecto era porque había sido, sin duda, el hombre que más la había hecho sufrir sin necesidad de golpearla y el único por el que aún le valía la pena salir a la calle con nieve y echar una carta en el correo. «No sé muy bien a qué se debe, Al, pero lo cierto es que aún te echo de menos –escribió– y no porque crea que debí permanecer a tu lado, sino porque, ¿sabes?, me queda la duda de si habríamos sido felices en el caso de que cambiases de hábitos y al menos coincidiésemos alguna vez por la mañana frente al espejo del baño». En el remate de aquella carta incluía las señas postales y el teléfono de una muchacha andaluza a la que conoció en un viaje que hizo a España poco antes de romper conmigo. «Tiene como yo en la frente una marca muy discreta que recuerda sus días infantiles con la varicela y una sonrisa limpia y sin doblez con las palas grandes y una suave mirada de luz de leña recién prendida, como la que dijiste que tenía yo la noche que nos conocimos. Se llama Rocío González, vive cerca de Sevilla y me contó que de niña temía morirse víctima de su nombre porque no conocía a ninguna mujer mayor que se llamase como ella. Prometí invitarla una noche a tu mesa en el Savoy y si no cumplí mi promesa fue porque lo nuestro se vino abajo la madrugada que tú me dijiste que necesitabas recordarme y yo comprendí que un hombre como tú y una mujer como yo sólo podríamos seguir unidos si nos resignábamos a la idea de vernos por escrito». Después de algunas consideraciones sobre las causas de nuestro distanciamiento, Lorraine volvía a referirse en su carta a la amiga andaluza de la que jamás me había hablado: «Rocío es sensible e inteligente y tiene mucho carácter. Si alguna noche la ves por el Savoy y pretendes abordarla, no le hables bien de la lluvia, ni presumas de tristeza, como hiciste aquella madrugada conmigo. Le gustan el sol, la franqueza y el bourbon. Puede que por culpa de tu manera de entender la vida choques con ella y se despida de ti con el pretexto de haberte conocido, pero puedo asegurarte que comparado con ella, incluso Dios es una mala compañía».