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Último de mayo

La Razón
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La imprenta del «Mundo Obrero» fue la casa de un cabrero que se fajó en el pueblo por sacar adelante sus ideales y la familia que vendría luego. El Primero de Mayo era siempre la mayor fiesta: ni cumpleaños ni días inventados de la madre. Con el 1 de mayo estallaban los mejores recuerdos que ahora quieren hacer olvidar, la lucha por y para los demás, justificando el carácter festivo. Si fue de algún sindicato, hace meses que habría borrado cualquier huella para no sentirse parte del engaño. Pero no entonces, cuando arriesgó algo más que el pellejo propio para regalar a su niña su nombre: Libertad. En el 120 aniversario de la fiesta de los trabajadores, las pancartas fueron transparentes. Decían más de lo que su endeble lema expresaba –«Por el empleo con derechos y la garantía de nuestras pensiones»–. El mensaje era explícito. La situación no está tan mal. Si el millón de parados andaluces –230.000 en nuestra provincia– no se echó a la calle es que estaban disfrutando de su merecido descanso, después de una dura semana de economía sumergida –donde los logros de un siglo se intercambian por el barbilampiño euro–. Tres mil personas para reclamar lo de todos es apenas un susurro. De huelga general ni hablamos, porque los que más gritaban tienen alma de funcionario y las espaldas bien guardadas por la izquierda de despacho. Qué importa si era el Primero o el último de mayo.