Carrillo se apaga

El dirigente comunista, testigo de la etapa más negra de la Guerra Civil y protagonista de la Transición, falleció ayer en su casa de Madrid a los 97 años

Su imagen con un cigarrillo entre los dedos era algo habitual. Santiago Carrillo fumó hasta el fin de sus días

MADRID- Quién iba a decir que el viejo dirigente comunista que pasó la Guerra Civil española en el Madrid cercado con responsabilidades en el orden público, que vivió la sórdida represión de la retaguardia, el exilio durante 38 años y la burocracia comunista internacional, que conoció a implacables dictadores –de Stalin a Ceaucescu–, que participó en las peleas intestinas dentro de un partido ferreamente controlado y que luego vivió la Transición, el 23-F y la expulsión de su propio partido... haya acabado muriendo a los 97 años de edad, sin dejar de fumar ni un sólo día durante toda su larga vida, con una parsimonia que nada tenía que ver con los convulsos años vividos. Tal vez en esa habilidad para sortear los lados oscuros de la historia está la virtud de los supervivientes. Santiago Carrillo falleció ayer en su casa de Madrid, según confirmó su hijo, durante la siesta.

Era un político de otra época, un dirigente comunista incombustible, de mirada imperturbable, emboscado en sus grandes gafas y el humo, que controló con celo su partido, que empezó su actilvidad política con 15 años en su Asturias natal (nació en Gijón en 1915) como un joven revolucionario –como él se definió ya en la vejez–, hijo de un socialista al que de pequeño visitaba en la cárcel y que acabó siendo reconocido como una figura clave en la historia política española del siglo XX por su contribución a la Transición política. No fue fácil: a través de la estrategia denominada de la Reconciliación Nacional defendida por el PCE y gracias a fuertes dosis de realismo que acabó con la idea de que España se libraría de Franco a través de una Huelga General, el PCE, la fuerza hegemónica de la izquierda, emprendió el camino inequívoco hacia la democracia en España. Ese mismo realismo político fue el que le permitió abandonar la idea de ruputura por la de reforma y apostar por la vía eurocomunista patrocinada sobre todo por el italiano Enrico Berlinguer. Pero por encima de las estrategias, hubo muchos gestos que convencieron a los sectores más reacios a la legalizacion del PCE de que sin Carrillo y los comunistas no podía haber una democracia plena en España: desde el ejemplo de concordia durante el entierro de los abogados de Atocha a que su dirigentes apareciesen en público con la bandera española, dejando atrás la republicana y dejando claro que el país se debatía entre democracia y dictatura, y no entre Monarquía y República. Así fue reconocido por todas las fuerzas políticas parlamentarias, desde el Rey al Presidente del Gobierno.

Estamos hablando de un político forjado en otro tiempo, en los años de los totalitarismos definidos porque el que disiente puede morir a manos de sus propios compañeros. El propio Carrillo lo explicó en una ocasión: el Partido Comunista de la clandestinidad funcionaba como un Estado, con sus propias leyes que aplicaba con mano dura. Pero a renglón seguido, no dudaba en declarar lo que para muchos es la clave de su supervivencia: nunco tuvo mala conciencia de haber apartado del PCE a valiosos dirigentes que apostaban por una política alejada de la influencia de Moscú, como fue el caso de Jorge Semprún y Fernando Claudín en 1964, porque era cuestión de supervivencia. Sobrevivir era la clave.

Una noche con Gutiérrez Mellado
Formado en un ideología de hierro, sin fisuras, en la que las ideas estaban por encima de los vínculos afectivos, vivió lo que para él ha sido el momento más dramático de suvida: fue cuando rompió co su padre, el socialista Wenceslao Carrillo, porque apoyó el golpe de Casado al final de la Guerra Civil. Carrillo ha reconocido que esa fue la única vez que ha llorado.
Su gran «leyenda negra» ha sido Paracuellos, suceso del que él nunca se ha responsabilizado, aunque sí admitió que como delegado de Orden Público pudo haber evitado la muerte de muchos de militares rebeldes a manos de milicianos. Ese círculo que empezó a trazarse en el Madrid de 1936 se cerró la tarde del 23 de febrero de 1981. Allí se selló la verdadera reconciliación. Pasó la noche en la Sala de los Relojes del Congreso compartiendo cigarridos con el general Manuel Gutiérrez Mellado, que era uno de los jefes de la Quinta Columna. La misión de Carrillo era acabar con los quintacolumnistas, y la de Gutiérrez Mellado la de acabar con las fuerzas republicanas. Paradojas de la historia: acabó compartiendo escaño en el Grupo Mixto con Adolfo Suárez.