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Sumar problemas

La Razón
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No andan muy finos nuestros escolares en escribir bien, salvo en Asturias y Castilla León y aún peor en Matemáticas, salvo en La Rioja y Navarra. Sin embargo, los políticos europeos, al alimón, han ido sumando problemas de distinto orden. Les crecen todos los enanos. No es de extrañar, pues, que a Rodríguez Zapatero se le agrie la sonrisa. Pero asegura, aunque motivos no han de faltarle, que no está «depre». Sus conciudadanos, sí, y la cara de los tres vicepresidentes son también un poema triste y hasta romántico. Si incluso Angela Merkel se las ha de tener en sus propias filas con disidentes, socios y el resto del Parlamento que acabarán, se dice, imponiéndole un presidente, pero que no será de los suyos, catapultada al desmadre de ajustes y empeñada en que España incluya más rebajas. Se rumorean ya nuevas elecciones en el núcleo duro europeo: la Alemania reunificada. Y puestos ya a añadir sinsentidos, ahí están los resultados de las elecciones belgas, que dejan hasta la existencia de la capital europea pendiente de un hilo. Y son los belgas quienes han de sustituir a la vapuleada España en la Presidencia de una Unión bastante desunida. No es tan sólo que falten políticos de fuste (ha salido, como un toro, Felipe González a poner orden al menos en sus propias filas), sino que sobran problemas hoy y hay que temer los que se auguran para un futuro inmediato. Los sindicatos españoles principales anunciaron huelga general por la reforma laboral, aún antes de conocerla al detalle, porque quedaban fuera de juego y por los presupuestos del próximo año, que habrán de ser, según la Comisión Europea, de aúpa, aún más restrictivos.No parecen existir diferencias esenciales entre las dos fuerzas sindicales españolas. Juegan con idénticos colores en el mismo partido y, además, a perder. Anuncian una huelga para el 29 de septiembre, aunque calentarán motores con manifestaciones el día 30 de junio y apoteósica reunión de cuadros sindicales en Madrid, el 9 de septiembre. Pero el sindicato nacionalista vasco ya se les ha adelantado. De modo que al problema que implica la reforma de los contratos de trabajo y a la más que probable reforma de pensiones, habrá que añadir huelgas a gogó, porque así deben demostrar su existencia los líderes sindicales ante un público que es, a la vez, víctima y los sindicalistas, que dicen ser conscientes de que no hay marcha atrás, les quieren protagonistas. Pero cabe apuntar por lo bajines que hasta el 29-S, del que se hablará largo y tendido, pueden ocurrir muchas cosas. Parece como si los acontecimientos diarios hubieran sufrido un acelerón y no hubiera modo de pararlos. No es que avancemos políticamente, antes al contrario. Los europeos nos hemos convertido en el payaso de las bofetadas, mientras Obama se inunda de petróleo y deambula por la Casa Blanca, perdido el fuelle inicial. Pero los problemas europeos son graves y muestran un sálvase quien y como pueda, que no deja de ser mala solución. Podría esperarse que un nuevo Gobierno británico, conservador y atemperado por los liberales, ofreciera alguna idea original. Pero ya antes huyeron del euro como de la peste y su vocación europeísta, siempre escéptica y escasa, sin duda se habrá acentuado. De lo que no cabe duda es de que gobernar en este maremágnum no deja de ser empresa de intrépidos. Cualquier partido, por poco lúcido que fuese, lo dejaría para su enemigo.Y, sin embargo, hay quien no teme revolcarse en el barro, mientras de reojo observa cómo los emergentes de Asia crecen y se enriquecen y hasta los latinoamericanos nos ofrecen alguna que otra lección. Si no estuviéramos dentro del partido, el espectáculo no deja de ser interesante, porque desde finales de la II Guerra no ha existido embrollo semejante, pese al crecimiento económico, el desarrollo tecnológico y los movimientos migratorios, ya sean turísticos o laborales, que hemos vivido hasta hace poco y en los que aún andamos. Lo que resulta sorprendente, por otra parte, es que hasta hace cuatro años como mucho, los mercados no percibieran el peligro de que la tramoya era tan endeble que podía hundirse en cualquier momento. Aún no se ha llegado a la tragedia, pero estamos a mitad del segundo acto y es previsible el desenlace. Sin embargo, cuando un autor dramático concibe una pieza de tales dimensiones puede elegir entre varias alternativas. No hay final abierto, pero puede cerrarse de diversas formas. Nuestros políticos no las han descubierto. Incluso se han permitido convencer a buena parte de la ciudadanía de su culpabilidad, a los parados de no saber reciclarse, a los pequeños empresarios de haberse endeudado en exceso, a las Cajas de haber concedido préstamos deslumbradas por lo que ahora se llama despectivamente el ladrillo y hasta a los funcionarios por sus salarios excesivos. Las culpas de las víctimas no acaban aquí: invaden terrenos ajenos como la deficiente educación, los excesos sanitarios y hasta el dispendio en comunicaciones: demasiado AVE, aeropuertos o autopistas. La culpabilidad generalizada exime de responsabilidades. Hasta los suizos nos ganan en el primer partido del Mundial. Se suman problemas, ¿quién sabrá restar?