La paradoja de la bondad

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Ésta es una historia triste y romántica, que me atañe profundamente. Aunque mi familia está llena de curas y de señoras ricas y devotas, hay más de la mitad de varones ateos, librepensadores y progresistas. Yo seguí esa tradición masculina, de un humanismo ateo, porque eran gente culta, pero siempre he tratado de comprender –y apreciar– la historia y la influencia paradójica de mi tía Carlota, bellísima infanzona católica hasta la médula.

A mi padre no le importaba que su hermana me tomara por suyo y tratara de iniciarme a la Historia Sagrada. Me mostraba muchas imágenes de la Biblia. Pero como era refinada y culta, las imágenes eran de Delacroix, de Caravaggio, de Veronés o las ilustraciones de Doré. Yo veía el Diluvio y los santos y violentos rifirrafes bíblicos interpretados por el arte. Y lo que consiguió mi buena tía Carlota fue que abominase de las malas estampitas ñoñas. Antes que enseñarme a ser un buen cristiano, contribuyó a despertar mi sentido estético. El cristianismo es un universo saturado de cultura artística.

Por la fuerza de la demanda, en España los desnudos que no fueran de Cristo o de algunos mártires del género masculino –como San Sebastián– no existían. Otro beneficio indirecto de mi tía Carlota es que el desnudo masculino despertase también mi sentido erótico.

¿Que esto es paradójico y escandaloso, un fallo de mi tía, un fallo de la religión? ¡Qué tontería! La bondad tiene infinitas resonancias positivas. Yo la sigo admirando y comprendo mejor que nadie su infrecuente aventura místico-erótica, en el mismo seno del cristianismo.

Mi tía Carlota encontró un joven y bello confesor jesuita, del que se enamoró «a lo divino». Aquí debemos hacer un distingo: hay memoria histórica de amores así, contenidos de impulsos carnales, pero incontenibles en cuanto a efusión anímica, afinamiento extremo del espíritu, como un orgasmo psíquico prolongado. Así se define el misticismo.

Los varones libertarios o librepensadores de la familia se indignaron con ella y con el jesuita, porque desgraciadamente no eran comprensivos. No estaban dispuestos a perdonarlo todo como aquellos enamorados místicos. Y prohibieron tajantemente al eclesiástico la entrada en la casa. El hombre no comprendía, estaba asombrado, asustado... A mi juicio, se rompía algo maravilloso, el ápice de lo exquisito y de una complejidad metafísica.

No podían soportarlo ninguno de los dos, no podían negar ese ligamen por encima de lo material, viviendo en un paraíso sensorial y mental, saturado de humanismo, de complejidades pascalianas. A mí me parece maravilloso ese amor entre doctores del espíritu.

Se valieron de todos los medios para seguir viéndose lo mismo, encontrando confidenciales cómplices –entre ellos mi abuela– para seguir relacionándose más en secreto. Y lo que sucedió fue tan bello, romántico y triste como ya he dicho. El tiempo pasó, y a ella se le declaró un cáncer. La había conocido rozagante y en plena belleza y ahora, delgada, demacrada, totalmente distinta, seguía tratando con ella en los mismos términos del principio, ignorando por completo su aspecto físico, sumidos los dos en eterno idilio. Idilio inteligente, discursivo, auto-analítico y «auto-admirativo». Y en peligro. Una inverosímil burbuja que se mantiene ingrávida en el aire y pudiera desintegrarse en un momento.

Pero esa iridiscente burbuja se mantuvo «milagrosamente» hasta la muerte. A él lo mataron, poco más tarde, en la guerra civil. Lo más curioso es que los vecinos de mi tía cursaron una petición de beatificación al Vaticano, y se le atribuía alguna curación milagrosa.

El recuerdo de mi tía Carlota me enternece. Su refinamiento espiritual y estético surtió sobre mí un efecto muy positivo. No consiguió de mí hacer un buen cristiano, pero sí un ser comprensivo y no mala persona. Y un artista. Algo erudito, para no ser radical en nada y apreciar los valores por separado, en el contexto y el seno de la especie humana. La bondad y la inteligencia emiten su admirable fulgor bajo cualquier sistema cívico o religioso.