OPINIÓN: Una voz abierta al mundo

El cantaor, junto a su hija Estrella, en Granada, en noviembre de 2006
El cantaor, junto a su hija Estrella, en Granada, en noviembre de 2006

Con la triste noticia, el calambrazo, nos llega el repaso biográfico que nos recuerda que Morente había cumplido la edad de 68 años. ¿Quién podía pensar en ello cuando seguía subiendo a escena con la banda sevillana Lagartija Nick y su sonrisa apacible, no sólo su voz, continuaban dando mayor fulgor a los recovecos flamencos de la noche, de la madrugada madrileñas? Se dice que el flamenco, como el jazz, como otras grandes devociones, es no sólo música sino una forma de vida. Esa naturaleza la corporeizó Morente en cada uno de sus días, de sus noches. Cuando, imprevista, el alba llegaba a Candela y a los miércoles (que ya eran jueves a la salida) de El Mago.Y sin temer caminar hacia adelante, salir de expedición en búsqueda de belleza virgen, la que hacía brotar en la forma de abordar cada uno de sus cantes y en cada una de sus colaboraciones. Y desde su Albaicín natal, la voz de Morente resonó tanto en el Teatro Real de Madrid y el Lincoln Center de Nueva York como en la Mezquita de Córdoba o la Abadía de Fontfroid, donde estrenó su «Misa Flamenca», en la que cantaba versos de San Juan de la Cruz, Fray Luis de León, Lope de Vega y Juan de la Encina. Y también llenó de música poemas de Antonio Machado, Alberti, Bergamín, José Hierro y hasta de Picasso en su muy reciente «Pablo de Málaga». Y con los citados Lagartija Nick, banda de trash metal, las guitarras más aceradas del ramo, desembocó en el Lorca de «Poeta en Nueva York» en conjunción con el novelista y poeta-cantante canadiense Leonard Cohen.
El amigo de los poetas se nutrió en las fuentes de la tradición flamenca con nombres que hoy son y suenan como de leyenda: Pepe de la Matrona, Bernardo de los Lobitos, Perico el del Lunar... Recuperó cantes antiguos que habían desaparecido de los repertorios y contó con los mejores guitarristas de su generación (Juan y Pepe Habichuela, entre otros), el de siempre, Manolo Sanlúcar, y de la siguiente: El Bola, Rafael Riqueni, Niño Josele...
La reciente declaración del flamenco como «Patrimonio no material de la Humanidad» nos hizo pensar que tal reconocimiento no podía deberse exclusivamente al mantenimiento de una tradición bicentenaria en condiciones de gran pureza. ¿O acaso el legado musical de Etiopía con un sistema de escalas que nada tienen que ver con las de sus vecinos o el canto bitonal que se practica en Mongolia y enclaves de Asia Central cuentan con tal distinción? Seguramente, en el flamenco se reconocía también su evolución, su deje en la canción pop española, incluido Alejandro Sanz y los «flamenquitos» de uno y otro valor, su irradiación internacional y su capacidad de encuentro con otros orbes musicales. El propio Morente lo afirmó con rotundidad: «El arte no debe tener fronteras y el flamenco es una música viva, muy de hoy y que puede entroncar perfectamente con cualquier otros instrumentos del mundo». Y el cantaor llevó a la práctica este aserto en los últimos años y desde siempre. Entre los jazzistas la voz de Morente estuvo con Tomatito junto al legendario baterista Max Roach y la guitarra de Pat Metheny también se templó junto al granadino, al que también puede escucharse en el «Imán» del pianista gaditano Chano Domínguez. En tierras de América junto a una de las grandes voces del continente, Soledad Bravo, y también el bandoneonista Rodolfo Mederos, dando aliento flamenco al tango bastante antes que un reciente éxito de estos días. También con las voces búlgaras de Angelite, la cantante Marien Hassan, en un festival de apoyo al pueblo saharaui, o el exitoso músico turco afincado en EE UU Omar Farouk Tekbilek. Y con la Orquesta (andalusí) Chekara, de Tetuán, desde los tiempos de «Macama Jonda», el espectáculo teatral-musical escrito por José Heredia Maya, el primer gitano que logró cátedra docente en España. Y don Enrique también dio música a representaciones de «Fedra» y de Franz Kafka y ofició como productor en los discos de su hija Estrella.Una voz universal que no dejará de escucharse, de estudiarse, de estimular a los que luego vendrán.