Europa

La dulce decadencia de Europa

«Si queremos que las cosas sigan como están, es necesario que todo cambie», decía Tancredi en el Gatopardo. Como la aristocrática sociedad siciliana de la novela, Europa también respira esa dulce decadencia, disfrutando los laureles de ser la primera potencia económica del planeta, pero torpe para que sus socios más problemáticos, los mediterráneos sobre todo, apliquen la dieta que permita seguir luciendo la banda.

DESCARGUE EL GRÁFICO COMPLETO EN CONTENIDOS RELACIONADOS
DESCARGUE EL GRÁFICO COMPLETO EN CONTENIDOS RELACIONADOS

La lenta salida de la recesión, en comparación con Estados Unidos y las economías emergentes, ha mostrado las sombras, desequilibrios y contradicciones de la joya de la corona de la utopía europea: el euro.

«Si el euro falla, Europa falla y, con ello, la idea europea de valores compartidos y unificación», recordó esta semana la canciller Angela Merkel. La conductora de la locomotora alemana alertó de este riesgo para justificar un cambio de los tratados europeos. Así, quiere crear un mecanismo de rescate de los países del euro con problemas pero que, por primera vez, incorpore a los inversores privados y a la banca en la reestructuración de la deuda de un país. De esta manera, la canciller rompió el tabú en la UE al permitir que un país de la zona euro pueda entrar en un «default» controlado. «Sería el toque de gracia a la unión económica y a nuestra imagen de fortaleza», clama una fuente comunitaria.

Merkel defiende que así no sólo los contribuyentes pagarán los rescates de un Estado con problemas, como dice que ha sucedido con los 110.000 millones del rescate de Grecia del pasado mayo. Sin embargo, lo que también provocará es la entrada de los mercados financieros, guardianes más severos que las normas de los tratados de la UE, para controlar la disciplina fiscal de las derrochadoras economías periféricas europeas. Amén. Las ideas de Merkel fueron la chispa que ardió en la parte más vulnerable del bosque: el sistema financiero irlandés, roído por las hipotecas basuras, que desataron la crisis financiera global, y que han empujado al país a tener un déficit del 32% por garantizar los dañados depósitos bancarios.
La presión de los mercados esta semana amenazó con extender las llamas a un segundo frente, el portugués, la siguiente de las economías en una situación más complicada.

Irlanda, tras la presión de la eurozona y el BCE, ha terminado por aceptar un rescate para salvar su sistema financiero y abrir, de momento, un cortafuegos que evite que el incendio se vuelva incontrolable en la eurozona. «El euro atraviesa una crisis de supervivencia», llegó a decir el pasado martes Herman Van Rompuy, el presidente de los líderes europeos. Si la tragedia griega de la pasada primavera terminó con el sueño de imbatibilidad de la eurozona, y puso sobre la mesa sus serios desequilibrios, la crisis irlandesa ha mostrado que, de no tomarse en serio las reformas necesarias entre los Estados miembros con más problemas, sobre todo los PIGS (Portugal, Irlanda, Grecia, y España), las crisis se repetirán con más frecuencia hasta que la moneda común termine sobre la lona.

«El comisario [Olli] Rehn lo ha dicho insistentemente. Sin cambios estructurales, sobre todo en los PIGS, volveremos a las andadas, a las divergencias en la zona euro y a una situación en la UE prácticamente de estancamiento durante la próxima década», recuerda el portavoz de Asuntos Económicos, Amadeu Altafaj. Una realidad que ya es presente, como muestran los datos de este tercer trimestre. Y con Grecia en proceso de reformas profundas, tuteladas por la Comisión Europea y el FMI, e Irlanda en camino de seguir el mismo proceso, son Portugal y, sobre todo, España las que sentirán la presión de sus socios para que ningún vagón haga descarrilar todo el tren de la eurozona.

Aunque se han dado algunos pasos en España, un alto cargo europeo comenta fuera de micrófonos que, si no culmina la consolidación fiscal prometida, la reforma de las pensiones y la reestructuración de las cajas de ahorros, los mercados cargarán sin piedad. Y todos los analistas y políticos coinciden en que si España, la cuarta economía de la eurozona, cae, la crisis estará fuera de control. «España no es ni Irlanda ni Grecia, y los mercados están probando que saben discriminar», opina Jean Pisani-Ferry, director del «think-tank» Bruegel.

El sentimiento de urgencia es enorme, como subraya el propio FMI. Y para corregir estos desequilibrios que sacuden a la eurozona, los países menos competitivos, sobre todo España, tienen que mejorar su productividad, eliminar su excesiva dependencia de sectores como el ladrillo, y diversificar sus fuentes de crecimiento hacia campos basados en el conocimiento y las nuevas tecnologías.

El modelo lo aportan los socios nórdicos, los buenos alumnos de la clase. Pero otros, como Alemania, también tienen que equilibrar su balanza comercial incentivando su demanda interna frente a la robustez de sus exportaciones.

Y, en definitiva, como defienden desde Bruselas y también desde Washington (sede del FMI), un reforzamiento de las autoridades comunitarias para vigilar y poder corregir a tiempo los síntomas antes de que los miembros más febriles del euro enfermen.

«El centro debe hacerse con la iniciativa en todas las áreas claves para alcanzar el destino común de la Unión, especialmente en las políticas sociales, económicas y financieras. Los países deben estar dispuestos a ceder más autoridad al centro», opinó ayer el director general del FMI, el francés Dominique Strauss-Kahn.

Teniendo en cuenta el principio de que nunca malgastes una crisis, los más entusiastas de la integración europea han aprovechado para caminar hacia una unión económica que soporte la unión monetaria.

«No puede existir la una sin la otra», han insistido el BCE o la Comisión Europea. El Pacto de Estabilidad, la norma que limita el déficit de los países al 3% del PIB y su deuda al 60% del PIB, se ha mostrado sucedáneo insuficiente para mantener el bote a salvo tan pronto como se desató una primera tormenta económica seria, sobre todo después de que Francia y Alemania aguaran el pacto en 2003.
«La crisis de la deuda ha mostrado que queda mucho por hacer en la UE», comenta Altafaj.

Entre las propuestas aprobadas entre los Veintisiete, se encuentra la revisión de los presupuestos nacionales en Bruselas antes de ser revisados por los Parlamentos nacionales. El gran cambio, como subraya el portavoz, llegará con la vigilancia de las políticas económicas de los Estados miembros, más allá de su salud financiera, si finalmente sale adelante la propuesta para incluir una serie de indicadores que permitirá medir y alertar sobre los desequilibrios, incluyendo burbujas como la inmobiliaria. Además, la UE quiere poner más dientes al perro guardián, ya que ha propuesto sancionar no sólo a los países que rompan los límites del Pacto de Estabilidad, sino que tampoco atiendan a las recomendaciones para corregir sus desequilibrios. «No creo que se llegue a castigar a los que tengan desequilibrios», opina escéptico Pisani-Ferry, recordando que «hasta ahora no se ha sancionado a ningún país pese a superar los límites de déficit y deuda». Sin un perro guardián que muerda, Europa no despertó en el pasado de su dulce decadencia. Con la «jauría de lobos» de los mercados, los Estados más cumplidores esperan que todo pueda cambiar… para que nada cambie.