La boda dispara el precio de los hoteles en Mónaco por Jesús MARIÑAS

Es una boda pasada por taquilla, de ahí la «espantá» de las realezas que sí animaron el bodón inglés de Guillermo y Kate.

Mañana se celebra la boda civil entre Alberto y Charlene
Mañana se celebra la boda civil entre Alberto y Charlene

Nada que ver, todavía hay clases y se está demostrando en el Mónaco de hoy con desorbitadas tarifas hoteleras hasta el extremo de que la mayoría de enviados especiales prefieren pernoctar en Niza. Es incómodo, pero efectivo, que no están los tiempos para excesos y prepotencia. Hasta tres mil euros subieron –y no en el hotel de París inmediato al Casino– las tarifas para hospedarse en los no muy numerosos alojamientos del Principado, siempre inmerso en trapicheos propagandísticos recaudadores. Es lo que parece este enlace de Alberto. Da la impresión de estar organizado más como anuncio con media docena de marcas amparando el «sí quiero» en la ridícula catedral –un templo pretencioso– de Santa Gudul. Ya comentamos cómo Lexus organiza el cortejo sin carrozas emplumadas, que de eso por allí ya tienen bastante, mientras el contrato matrimonial lo rubricarán con una Montblanc diseñada para el acontecimiento. Será blanca y bordeada de chantilly que contrastará con el Armani Privé de la desposada o el traje estilizador que Lagerfeld –casi otro más de los Grimaldi gracias a Carolina– ideó para adelgazar al rechoncho novio.
La ausencia de realeza no restará brillo a ese Mónaco donde Grace Kelly dejó impronta; ella era americana a fin de cuentas y experta en sacar tajada a cualquier sentimiento. Un mundo infranqueable separa la pompa monegasca, jaleada por un pueblo que respira al ver que su irreductible y aparentemente ambiguo príncipe por fin se acerca a la vicaría casi asegurando continuidad en la sucesión. Parecía imposible con lo que se sabe o se intuye. Respiran confiados, aunque Carolina haya endurecido su ya impasible semblante tan hermoso al ver peligrar los deseos de su primogénito, que parecía destinado a ceñirse la corona ajedrezada símbolo de aquel mini país digno de opereta.
En las terrazas monegascas no se come por menos de 90 euros y echan la casa por la ventana para hacer caja cabreadora del ya turismo hortera, que en poco se parece a Churchill a quien la ancianidad transformó en un huésped aprovechado, de ahí que frecuentaran a un Onassis aún enfrentado a Rainiero, que le utilizó como socio y apoyo económico. Mónaco es una sangría para el visitante y nuestros compañeros han optado por pernoctar también en la inmediata Ventimiglia, frontera con Italia. Frente a la decena de monarcas reinantes o en el exilio registrados en Westminster, baja generalizada en el evento monegasco, donde únicamente brillan nombres y figuras de la jet más propias del eterno Hollywood ahora revivido que de un enlace afianzador de una dinastía real. Suena a cuento chino.