Teatro

Ópera versus macrofiesta

La English National Opera pone en marcha un abono joven que dará derecho, tras la representación, a poder tomarse una cerveza con los cantantes. Este tipo de iniciativas, para algunos cuestionables, busca bajar la media de edad del público del bel canto

Los cantantes John Molloy y Sarah Tynan en «Don Giovanni» pueden ser una buena representación del intento de rejuvenecer de la ópera.
Los cantantes John Molloy y Sarah Tynan en «Don Giovanni» pueden ser una buena representación del intento de rejuvenecer de la ópera.

«Cuando voy a la ópera evito sentarme al lado de alguien que lleve una camiseta, un pantalón corto y unas deportivas malolientes». La cita es de Sir Colin Southgate. El que fuera responsable de la Royal Opera House especificó en 1998 cuál debería ser el uniforme adecuado para escuchar «La Bohème». Los críticos se le echaron encima recalcando que el público era lo bastante sensato como para saber diferenciar la ropa para ir al pub del atuendo para deleitarse con Puccini. Sin embargo, hoy las reglas han cambiado. La crisis vacía los patios de butacas de los coliseos y es necesario agudizar el ingenio para que la edad media del espectador se reduzca. Abrir las puertas a los menores de 30 años se ha convertido en prioridad. Cuando llegó al Teatro Real, Miguel Muñiz fue uno de los primeros asuntos que abordó. Quería ver el patio de butacas lleno de pantalones vaqueros, decía.

De cañas con los cantantes

Parece que el nuevo código de indumentaria lo ha instaurado la English National Opera (ENO) londinense. El teatro Coliseum ha pedido a su público que vayan de lo más desaliñado posible si quieren disfrutar del programa «Undress for Opera». Durante cuatro noches a lo largo de la presente temporada, aquellos que quieran ver «Don Giovanni» (este jueves), «La Traviata» (7 de febrero), «Sunken Garden» (18 de abril) y «The Perfect American» (13 de junio), podrán hacerlo y conseguir los mejores asientos por el módico precio de 25 libras –en circunstancias normales cuestan entre 83 y 95– y además disfrutar de charlas antes y después de la actuación, coloquios con los cantantes y barra de cócteles y cerveza para crear un ambiente cuando menos distinto a lo que uno está acostumbrado a ver en ese foro. El propósito: que los menores de 40 años empiecen a desmitificar un espectáculo asociado a la clase alta. Un proyecto que el compositor Tomás Marco saluda: «Bienvendida sea toda iniciativa que acerque la ópera a los jóvenes siempre que tenga calidad, porque es el arte total», y asegura que al Real no le vendría mal algo así «porque es un teatro que está un poco apolillado».

El plan podría sonar a auténtica locura, claro que, cuando uno ve que detrás está Terry Gilliam, el ex Monty Python, y Damon Albarn la cosa cambia y los expertos se ponen serios. El primero presentó el años pasado su primera ópera, «Damnation of Faust», y no sólo consiguió que los críticos cayeran rendidos a sus pies, sino que además logró que el 40 por ciento del público que asistió a la ENO era la primera vez que escuchaba en directo a una soprano. El caso de Albarn, líder de Blur y creador de Gorillaz, es similar. El músico estrenó el año pasado «Dr. Dee», un sorprendente libreto inspirado en el astrónomo, alquimista, espía, cortesano, cartógrafo e íntimo amigo de la reina Isabel I. Trabajó mano a mano con el director de teatro Rufus Norris y el resultado fue una ópera folk afro pastoral, con tintes que recuerdan la atmósfera del siglo XVI.

«Dr. Dee» se vio primero en el festival de Manchester y debido a su éxito se interpretó después en la ENO como parte de las Olimpiadas de Londres. El 60 por ciento del público que acudió a verla jamás había ido a una ópera. Actualmente, el 30 por ciento de la audiencia que acude es menor de 44 años. Con «Undress For Opera», el director artístico del Coliseum, John Berry, quiere incrementar el porcentaje este año al menos hasta el 40 por ciento. «En la ENO todas las óperas se interpretan en inglés. Creemos que esto ya es una forma de romper la barrera del idioma –asegura a LA RAZÓN un portavoz del teatro–. Ahora queríamos dar un paso más para hacer la ópera accesible y abierta a todos». De momento, ya se han registrado 1.200 personas. Para aproximadamente el 70 por ciento, será su primera vez.

En el coso milanés, por ejemplo, la iniciativa «La Scala under 30» está dando muy buenos resultados, incluso se brinda a los jóvenes el espectáculo privilegiado de que puedan seguir la apertura de la temporada antes que nadie y a un coste muy reducido en la representación de la «anteprima» previa a la inauguración. Desde hace varias temporadas, la Ópera de París ha puesto en marcha iniciativas para atraer a los jóvenes (la media del espectador de ópera es de 49 años). De los 795.000 espectadores registrados en 2011, 63.200 eran menores de 28. A ellos están dirigidos una veintena de fórmulas y abonos a precios reducidos. El pack de tres óperas y un ballet, a elegir, por 96 euros, o cuatro ballets por 60. Además, la institución propone un pase por 20 que permite acceder a una selección de espectáculos tanto en el palacio Garnier como en Bastilla por un precio de entre 20-25 euros por una ópera y 10-15 euros para ballets, conciertos sinfónicos y recitales. A este segmento de espectadores se reservan preferentemente las plazas «de último minuto» en ventanilla, a precios reducidos y antes de cada representación. La cuestión es si los medios justifican el fin. Según Rupert Christiansen, el reputado crítico de «The Daily Telegraph», presentar la ópera como «exclusiva e intimidante» es también, paradójicamente, uno de los aspectos que los jóvenes encuentran más atractivo de ella. «Es elitista y también seductoramente glamourosa. Es arte, sí, pero al mismo tiempo significa elegancia, champán delicioso y una oportunidad perfecta para que las mujeres luzcan sus mejores vestidos. Así que creo que el lema de esta campaña podría ser contraproducente. Convertir algo extraordinario en ordinario, en lugar de excepcional y mágico, no creo que funcione». El editor de la revista «Ópera», John Allison, no podría estar más de acuerdo con su colega. Y su opinión no puede pasarse por alto porque la publicación supone para la lírica lo que el «Financial Times» para la City: «Creo que es una iniciativa que llama la atención, pero se aleja de lo que realmente importa. El público de ópera en Reino Unido viste de manera informal; probablemente en Madrid se arreglan más. Y, en todo caso, las personas son libres de asistir con el atuendo que quieran. Algunas disfrutan vistiéndose para ir a la ópera y otros no. Creo que tendría que haber sitio para todos», señala.

El mismo pensamiento comparte Peter Gelb, máximo responsable del Met de Nueva York. Cuando se reunió con el consejo de dirección de la ópera y, preocupado por la situación del teatro, les dijo que su público se estaba muriendo, les faltó tiempo para contratarlo. Entre sus iniciativas, destacan las colaboraciones que ha hecho con directores como Minghella y Zang Yimou. Dos horas antes de cada actuación se ponen a la venta 200 entradas en taquilla de patio de butacas por 20 dólares.

Por su parte, Kasper Holten, director de la Royal Opera House (ROH), que cuenta con un 45 por ciento de público menor de los 45 años, ha mostrado su apoyo al programa de la ENO. «Aunque en general creo que es adecuado que la gente venga vestida de una manera correcta, damos la bienvenida a toda iniciativa que luche contra los prejuicios», recalca. «Todavía hay muchos que piensan que la ópera es sólo para unos privilegiados cuando en realidad se trata de un arte que habla de grandes historias universales a través de una música poderosa. Animamos a todos a que lo prueben. Si nunca lo han hecho, no saben lo que se están perdiendo», dice. De momento, al teatro de Covent Garden no le ha hecho falta presentar ninguna iniciativa especial para vender todas las entradas de su ciclo dedicado a Wagner. El Royal Ballet tampoco tiene ya billetes para «El lago de los cisnes». Viene siendo algo habitual encontrarse con el cartel de agotadas. Las 428 actuaciones de la temporada pasada atrajeron a 692.608 espectadores. Por otra parte, 27.238 tomaron parte en las actividades que promovieron que la gente pierda el miedo a escuchar un aria en italiano.

En tres dimensiones
Aunque la ENO no retransmite ópera en salas de cine, busca siempre las maneras innovadoras de trabajar con las nuevas tecnologías y el año pasado colaboró con Sky Arts para mostrar la primera ópera en vivo 3D. Fue «Lucrezia Borgia», con puesta en escena de Mike Figgis (en la imagen), el director de «Leaving Las Vegas» y un afamado trompetista admirador de Miles Davies que llegó a la ópera hace unos cinco años cuando su novia le llevó a una representación en el Met. Claro que ver la ópera con palomitas y vaqueros no es lo mismo en directo con deportivas y cerveza en el descanso. Según advierte Allison, «siempre va a ser un problema intentar convertir una forma seria de arte en un entretenimiento de masas».