María Isbert la comedia era ella

La voz, esa voz ronca que hacía recordar a la de su padre, el gran don José Isbert, que así se le conocía en la profesión (bendita herencia), se apagó ayer a los 94 años en Villarrobledo, Albacete, rodeada del cariño de su familia, que como una piña gigante se arracimaba junto a su cama. Casi hasta el último minuto mantuvo su genio, su hacer vivaracho, su humor, una vitalidad que dio batalla hasta el último aliento.

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María Isbert era una cómica de raza, casi el eslabón final de una generación de artistas que han pasado el oficio de abuelos a padres y de éstos a sus hijos. Vienen a la memoria los apellidos inmortales de los Ozores, los Dicenta Herrera, la familia Alba Gutiérrez Caba, los Bardem, las chicas de la saga Goyanes.

Muchos de ellos hoy se han ido, pero el oficio se ha mantenido por el tesón de sus nietos, los de la generación 2.0, que son también carne de escenario. María Isbert supo lo que era recorrer los caminos y vivió en propia carne aquello de los «cómicos de la legua», todo el día de un pueblo a otro, por la mañana en el norte; llegada la tarde, más en el sur. ¿Método? Ellos no lo necesitaron. María, tampoco.

Oposición a Aduanas
Tenía unos ojos vivarachos, una mirada limpia y una nariz un tanto ganchuda. Quienes la trataron de cerca cuentan que era una actriz-madre, de esas mujeres que daban antes de recibir, intérprete buena donde las haya. Nació el 21 de abril de 1917 en el seno de una familia que consideraba el escenario como su propia casa. Y la niña creció al calor de las luces, de las cajas, oliendo a telones, memorizando textos de mayores, viendo otras vidas en la suya, de ahí que su producción haya sido muy extensa, tanto en la pantalla como en cine y televisión.

Don José, sin embargo, se resistía a que la niña no tuviera una formación académica y la matriculó en un colegio alemán, donde aprendió varios idiomas. Quiso después que opositara al cuerpo de Aduanas, aunque María prefirió seguir sus pasos y en 1936 debutó junto a su padre con la obra de Alejandro Casona «Nuestra Natacha». Acababa de cumplir ocho años. Trabajó en la compañía familiar durante otros tantos, la mitad de ellos como actriz protagonista.

En 2008 recibió el homenaje de la profesión, ésa que siempre estuvo a su lado y la quiso cuando los escenarios ya le eran esquivos, pero que nunca abandonó de cabeza: «He sido siempre feliz en el teatro y, ahora que soy vieja, lo echo de menos... por eso, leo en voz alta y me aplaudo a mí misma». Tenía entonces 91 años, de los que ochenta los había pasado sobre el escenario.

María se quitaba importancia cuando le decían en los medios que era una grande, que pertenecía a una casta especial. Soltaba, como el que no quiere la cosa, un «anda, anda», y se reía. «Ser actriz me ha venido de Dios» y «la verdad del actor se encuentra sobre las tablas del teatro» eran algunas de sus frases, aunque, sin duda, hubo una que casi repitió machaconamente y que creyó a pies juntillas: «Para ser buena actriz, lo mejor es no actuar».

Fue en 1944, de la mano de Juan de Orduña, cuando se inició en el cine con «La vida empieza a media noche», compaginando los rodajes con el teatro y la televisión, sobre todo en los míticos «Estudio 1» de TVE. Después llegaron las películas «Un hombre de negocios» (1945), de Luis Lucía; «Botón de ancla» (1947), de Ramón Torrado; «Recluta con niño» (1955), de Pedro L. Ramírez; «El rey de la carretera» (1956), de Juan Fortuny; «Lo que cuesta vivir» (1957), de Ricardo Núñez; «Los ángeles del volante» (1958), de Ignacio F. Iquino, y «El gafe» (1958), de Pedro L. Ramírez. En la década de los 60 apareció en largometrajes como «Un rayo de luz» (1960), de Luis Lucía; «Viridiana» (1961), de Luis Buñuel; «La gran familia» (1962) de Fernando Palacios; «Un demonio con ángel» (1963), de Miguel Lluch; «Más bonita que ninguna» (1965), de Luis César Amadori; «La mujer perdida» (1966), de Tulio Demicheli; «Un, dos, tres, al escondite inglés» (1969), de Iván Zulueta, y «Soltera y madre en la vida» (1969), de Rafael Gil.

A principios de los años 50 se casó con el profesor de idiomas húngaro Antonio Spitzer (con él tuvo siete hijos, entre ellos, Tony Isbert, que siguió la tradición familiar), lo que la apartó de los escenarios, pero el fallecimiento de su esposo, en 1968, la devolvió al teatro. En su regreso a las tablas, trabajó en la obra de Alfonso Paso «¡Cómo está el servicio!» (1968), dentro de la compañía de Florinda Chico; en 1973 estrenó en Barcelona «Milagro de Londres», y en 1975 actuó en «El día que secuestraron al Papa».

La televisión no fue ajena a su talento, y en los años 90 series como «Villarriba y Villabajo» (TVE) y «Por fin solos» (Antena 3) contaron con ella. Isbert siguió trabajando hasta 2005. Entre sus últimas apariciones en la gran pantalla destacaron títulos como «El florido pensil» (2002), de Juan José Porto, y «La Gran aventura de Mortadelo y Filemón» (2003), de Javier Fesser, y su continuación , firmada por Miguel Bardem. La capilla ardiente será instalada hoy en el Teatro Circo de Albacete y el funeral se celebrará con toda probabilidad mañana. Posteriormente se procederá al entierro de la actriz en el panteón familiar del cementerio de Tarazona, donde también está enterrado su padre.

Emilio Gutiérrez Caba: «Fue una actriz-madre para nosotros»
Perteneciente a una saga de altura, Emilio Gutiérrez Caba recuerda a la actriz con un enorme cariño: «Era una persona grande, una mujer pura bondad, afable, un ser animoso, de esos que estaban dispuestos a darlo todo antes de que se les pidiera nada. Vivió momentos muy difíciles y siempre encaró la vida de frente. Formaba parte de una generación de intérpretes a la que pertenecían Florinda Chico y Rafaela Aparicio, un poco actrices-madre, que se dejaban la piel ayudando a los otros y que han sido para nosotros referentes ya no sólo como intérpretes, sino como seres humanos. En los escenarios lo dio todo. Y cuando en Aisge le pedimos reeditar las memorias de su padre (que trabajó con mi tía abuela, Leocadia Alba), casi redactó el libro ella, estuvo presente siempre y nos facilitó el material que necesitamos. Era una mujer de una enorme cultura, que hablaba varios idiomas, con una solidísima formación. Con ella desaparece una forma de vivir el teatro irreemplazable y que desgraciadamente ya ha dejado de existir.