Balón de Oro fatiga o polémica

Balón de Oro, fatiga o polémica
Balón de Oro, fatiga o polémica

La vida es una tómbola; por María José Navarro
Adoro ese premio y su color, adoro su forma, su delirio estético, adoro su rimbombante tamaño y las discusiones que provoca.
Lo siento por el gremio de joyeros, a los que deseo larga vida y pocos robos: una es mucho más de bisutería y de quincalla, de esa que se pela y deja tizne. Tengo yo en mi casa una estantería muy vacía, esperando el instante en el que alguien tenga a bien regalarme una réplica del Balón de Oro, objeto mítico para las mujeres de mediana edad para arriba que soñamos con el dorado brilli-brilli sin remilgos. Basta ya de esa moda zen y antiespañola que recomienda la plata mate y el cobre desgastado. Volvamos a lo de siempre, al picaporte, al aplique de pared, al candil, a la lámpara de lágrima, al San Francisco, a la alfombrilla de goma en la bañera, al galán, a la bici estática, a la flor de plástico y a la muela de oro. Nuestra única esperanza para recuperar el buen gusto son las tiendas de compra-venta de este metal precioso, paladín de la clase y la elegancia, en dura pugna con la circonita.
Adoro ese premio y su color, adoro su forma, su delirio estético, adoro su rimbombante tamaño y las discusiones que provoca. Idolatro lo nerviosos que se ponen Madrid y Barça ante la posible presencia de terceros candidatos. Sueño con las pesadillas que suscita en la bicefalia del negocio futbolero. Me encanta ver la cara que se le pone a Cristiano Ronaldo cuando se va acercando la fecha, tanto como me mola contemplar la mezcla de desdén y ansiedad del barcelonismo ante el trofeo. ¿Sería posible la existencia sin escuchar a algún periodista preguntarle a Messi si aún tiene sitio en casa para tanto premio? No, amiguitos. Vivan las ferias, las tómbolas y las mujeres barbudas.

 

Dictadores y chulos; por Lucas Haurie
El Balón de Oro fue la excusa que se inventó una revista para vender ejemplares durante la pausa navideña. Hoy, es una cosa tremebunda.
Habla esa fuente de sabiduría que responde por Joaquín Caparrós Camino: «Cuando vayan a coger el Balón de Oro', va a oler. Por pesados, este año debería quedar desierto». La extremada importancia que Real Madrid y Barcelona conceden a este premio tan ridículo, como que se otorga individualmente en una actividad colectiva, no puede tomarse como una anécdota. La preeminencia de lo mercadotécnico sobre lo deportivo empuja a los clubes a la necesidad de crear ídolos que devienen en «pequeños dictadores» o en jugadores «que se hacen el chulo». Es lo menos que puede ocurrir cuando se institucionaliza el culto a la personalidad y cobran más importancia los logros de las estrellas que los títulos del equipo.
El Balón de Oro fue la excusa que se inventó una revista para vender ejemplares durante la pausa navideña. Se organizaba una sesión de fotos para distinguir al mejor futbolista europeo elegido mediante votación de los corresponsales. La cosa se disparató cuando la FIFA convirtió la simpática fiestecilla en una especie de divinización del elegido. Es como si se pasase a considerar al ganador de Eurovisión como el mejor cantante del mundo y Plácido Domingo se embolicase porque los temas de Elton John son más festivaleros. Hasta hace cuatro años, el 90 por ciento de los socios de equipos de Primera ignoraban el nombre del Balón de Oro, una lista en la que figura gente tan normalita como Denis Law, Florian Albert, Igor Belanov o Pavel Nedved. Hoy, por culpa de la maldita dualidad, todo es una cosa tremebunda.