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La sociedad del pánico por Pedro Alberto Cruz Sánchez

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Todavía sin determinar las causas objetivas que causaron la estampida durante la celebración de la macrofiesta de Halloween el pasado miércoles, en el Madrid Arena, hay un elemento que no ha sido cuestionado por nadie, pero al que sin embargo no se le presta la atención debida: el sentimiento de pánico que súbitamente prendió entre los asistentes. A estas alturas de la película, y visto lo visto durante los últimos años –en los que este tipo de situaciones se han repetido en diferentes partes del mundo-, ya no se puede considerar tal reacción multitudinaria como un hecho aislado. Cierto es que pudieran existir motivos tangibles más que sobrados para que las emociones se inflamaran en unos pocos minutos, y el terror se apoderara de los allí presentes. Pero, con todo ello, parece evidente que, conforme pasa el tiempo, esta sociedad se encuentra más vulnerable al miedo extremo y su nivel de saturación se alcanza con relativa facilidad.

En repetidas ocasiones, he subrayado que el principal elemento que comparten entre sí la mayoría de los ciudadanos es el miedo. Todavía creemos en la idea de «sociedad» porque sabemos que solos no sabríamos hacer frente a una hipotética e inminente catástrofe, y que, por tanto, necesitamos de la colectividad, de la participación de todos esos «otros» a los que diariamente despreciamos. Pero he aquí que el concepto de una «sociedad del miedo» se queda ya demasiado corto como para expresar la violencia de sacudidas emocionales como la sucedida el pasado miércoles en Madrid. Del miedo se ha pasado al pánico: un sentimiento más extremo y también más colectivo, que, debido a su carácter abrupto, intensísimo, no permite ser vivido como un relato cotidiano, acoplado como un silencio desquiciante a la superficie de cada experiencia. El pánico es una catarsis multitudinaria, la reacción sincronizada de una sociedad que está demolida interiormente por las expectativas de un final apocalíptico para la especie. Quizás, los medios de comunicación, con su escrutinio morboso y sensacionalista de cada imagen o detalle del suceso, hayan contribuido sobradamente a radicalizar esta sensación de precariedad que azota al individuo contemporáneo, y que lo torna demasiado inflamable. Estamos traumatizados hasta la médula, enfermos como jamás lo ha estado la humanidad; y lo peor es que esta clase de tragedias sólo contribuye a multiplicar nuestra pérdida de defensas emocionales ante la adversidad.

 

Pedro Alberto Cruz Sánchez
Consejero de Cultura y Turismo