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Almas del nueve largo

Los horrores de la paz

Tiempo de lectura 2 min.

12 de octubre de 2011. 21:52h

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13/10/2011

Hace ya unos cuantos años que no presencio por televisión la parada militar con la que se conmemora el Día de la Hispanidad, aunque he de reconocer que desde muy joven soy un apasionado de los asuntos relacionados con las Fuerzas Armadas, por las que siento una admiración para la que ni siquiera me he molestado jamás en buscar una explicación, entre otras razones, porque no creo que lo mío se trate de un vicio, de una perversión o de una patología. No es esta la primera vez que manifiesto mis inclinaciones militares, ni será desde luego la última. Esa propensión nunca me ha supuesto ningún inconveniente moral, ni ha sido el origen de un complejo, como suele ocurrirles a muchos de esos progresistas que aún creen –o dicen creer– que las guerras pueden decantarse echando por delante del pueblo el carrito de los helados o recurriendo al jubiloso empuje autopropulsado y callejero de la Tuna de Farmacia. Vivimos un estresado tiempo de paz, es cierto, y dicen ciertos políticos que nada malo puede ocurrirnos a los españoles, pero ésa es una de tantas vaguedades semánticas con las que la diplomacia convierte a menudo el miedo en esperanza. La Historia está plagada de maravillosos momentos de ilusión que en realidad sólo escondían circunstanciales periodos de fatal indiferencia mientras las potencias dominantes se preparaban para empuñar las armas, a veces, como en el caso de Alemania, porque algo les había inculcado el vicio de entender cualquier derrota como un estímulo para la inmediata venganza. En este punto no me importa echar mano de lo que una madrugada me comentó en el Savoy un tipo que había combatido en Europa durante la II Guerra Mundial: «Aquellos fueron tiempos muy duros, amigo, aciagos días de dolor y de fuego en los que con el fragor de la artillería las gallinas ponían por culpa del pánico sus huevos en las bocas de los cerdos. Pero luego se acabó la guerra y a los pocos años vinieron tiempos aún peores. Yo solo soy un tipo de Alabama que con el espanto de la guerra olvidó sus oraciones y su letra de la escuela, pero puedo asegurarte que a veces la paz sólo es ese tiempo de dramática indiferencia que echa a perder las conquistas morales derivadas de la guerra. Parecerá un contrasentido, pero incluso tengo la impresión de que con la pereza de la paz, con la molicie de la rutina, la gente al final nacerá muerta e incluso se quedarán sin tierra los sepulcros y sin trabajo los enterradores». Es posible que por falta de presupuesto nos vayamos quedando sin soldados. Nadie piense que por esa misma razón nos vamos a quedar también sin enemigos.
 

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