San Blas

Y se armó el Belén

La trastienda del corazón donde se acumulan las miserias del famoseo arrincona el escaparate del «glamour» 

Y se armó el Belén
Y se armó el Belénlarazon

De Ubrique para el mundo, de San Blas al estrellato y de Paracuellos a quién sabe dónde. O a «Más que baile». La Esteban consiguió su primer «minuto Warhol» cuando arrancaba el milenio tras exiliarse de Ambiciones con algo de vergüenza torera y ahora vive su propio «reality», ya sea con el pollo de Andreita, el vecino traidor, los dardos intermitentes a la Campanario –ahora hay pacto de silencio– o los problemas con el piso de protección oficial de su amiga, la Mariví.

Así late el corazón: acelerado, revuelto y a golpe de satélites que han pasado de ser un asteroide molesto para el famoso de palco a generar un universo propio paralelo que ha arrebatado a la «high society» su cortijo en el «couché». Si el antaño actor cotizado, la miss envidiada o presentadora de postín quiere hacerse hueco, toca despecharse. Y no en «Interviú». Señores, que la «celebrity» vende más mellada que con joyones a lo Preysler en su casa de campo con mayordomo y bombones. Tampoco las parejas idílicas como los Beckham, que han pasado del clímax al ocaso por enamorarse en demasía de su espejo. Cornudos, apaleados, borrachos, en la ruina, encarcelados, con atropellos a lo Farruquito...

Cuanto más vaivenes en el currículum, más posibilidades de entrar en nómina. Así, unque Nati Abascal se vista de seda, invite a Valentino a la boda de su hijo y no le acabe de gustar cómo le sientan los trapos a su nuera, en el cerebelo lo que queda retenido es un balbuceante «te quiero a ti, te quiero a ti, os quiero a todos», con acento de Möet Chandon. La crónica de sucesos se tiñe de rosa. O al revés. Con obituarios incluidos, que esos sí que tienen salida: la más grande –ay, mi Rocío–, la más divina y la que más cabos sueltos ha dejado en su herencia: «La guerra de los Dúrcal», se llama la película. Claro que, si el personaje fallece, ahí están las médiums para retomar las exclusivas desde el purgatorio.

Eso sí, los clásicos nunca mueren. Y para muestra, los toreros enamoradizos que encandilan a las que quieren y no deben; Norma Duval que aparece y desaparece como el Guadiana; los futbolistas con las mujeres diez, así como el cierre de década con anuncio de boda en el reino de Lady Di. El cuento de hadas nunca falla si se busca encumbrar a una jovenzuela más preparada que su antecesora y que parece tomar té con la abuela reina con menos problemas que aquella, que acabó derrotada por lo que implicaba salir del anonimato.

Los guiones de las telenovelas a la manera de «Los ricos también lloran» parecen trasnochados e infantiles si un «show» real se escenifica en Marbella con un alcalde con pantalones sobaqueros como cabeza de cartel, una tonadillera «dientes, dientes» en el papel de dama en apuros y una operación Malaya en una trama en la que pringa hasta el agente 007. Válgame. Historias para no pegar ojo y seguir al minuto en Twitter. Véase el culebrón del mejor jugador de golf del mundo, que se la pega a su mujer con toda mujer que se cruce con él en el hoyo 15. O las andanzas de la diosa de ébano, obligada a coger el mocho al cumplir condena por agredir a su asistenta con el teléfono móvil.

Botox y caspa


A este «boom» de la acidez visceral se le quiso poner fin a mitad de la década, cuando a «Tómbola» le quedaban dos telediarios. Pero Carmina y cía no son un yogur con fecha de caducidad, sino más bien Balenciaga, que cotiza al alza cuanto más añejo. El fenómeno parece imparable. Eso sí, la caspa y los «freaks» se esfuman pero llegan relevos de pelaje variopinto: del lomanismo –dícese de la corriente generada en torno a una millonaria más lista que el hambre metamorfoseada en animal de photocall– al «gentleman» y funcionario del Ministerio de Trabajo que encandila a una Duquesa rebelde. El morbo vence a la alfombra roja. Y no es de extrañar. Porque no quedan estrellas. En cuanto se las quita el estilista, se pasa el efecto del botox y se apean de los Louboutin, se quedan en nada, hechas unos zorros paseando en chándal, enganchadas al Twitter, comprando en el Carrefour y con cara de malas pulgas. Como la Esteban. Pero sin su gancho, ¿vale?