Historia

En busca del sectario

Lo peor en una democracia es no respetar las reglas del juego ni a aquel que piensa de forma diferente al que manda 

La Razón
La Razón FOTO: La Razón

Hace ya algún tiempo aprendí que el sectarismo se produce cuando se deja de juzgar las ideas y las acciones por sus razones intrínsecas, sino y sólo por quién las mantiene, cuando se cierra filas siempre con los propios, aun cuando sostengan los mayores dislates, no aceptando nada del adversario, aunque se coincida en parte con él. Algunos creen que es la única forma de defender sus ideas, esto es, no importa la naturaleza e importancia de lo que se piensa, siempre que puedas ridiculizar y cuestionar las del adversario. El arte de gobernar es siempre difícil, pero cuando más lejos se esté del ejercicio del sectarismo, más fácil será gobernar para todos. El Estado como ente siempre limitará la libertad para conseguir el bien común, si bien esto no puede traspasar lo razonable, puesto que como decía Thomas Molnar, «cuando el Estado monopoliza la libertad para confiscar la de los individuos, el resultado es intolerable»; el propio Maquiavelo nos adelantó que el príncipe debe optar por ser querido, utilizando la moderación y la humanidad. Por eso el ejercicio del poder, en cualquier ámbito, debe estar alejado del odio, del perjuicio y sobre todo de la confrontación. Cicerón nos decía que es preferible ser amado a ser temido, ya que el que te ama aunque no te obedezca siempre, por lo menos te escucha y nunca te deseará el mal, mientras que el que te teme, sólo espera el momento adecuado para desquitarse. El propio Cicerón nos dejó una regla para los que rigen y administran la justicia, extensible a cualquier responsabilidad, «que su cuidado y vigilancia se extienda a todo el cuerpo de la República…» en sí, un gobernante no debe, por beneficiar a una parte de la población, desamparar a todos los demás, y más cuando éstos son una parte muy importante de la patria. Cuando sufres las consecuencias del sectarismo te das cuenta de lo doloroso que puede llegar a ser la ausencia de la justicia y sobre todo lo dura que puede llegar a ser la arbitrariedad. Estas reflexiones no las hago movido por nada en concreto, ni nada que me afecte a mí mismo. Las hago dentro de una circunstancia que sí me ha afectado recientemente, pero que en modo alguno me altera el fuerte respeto que tengo por las instituciones, al margen de quien en cada momento las maneje; porque éste es el verbo adecuado, manejar, y no gobernar. La justicia se administra bajo la legitimación de que quien la ejerce, lo hace en nombre del pueblo soberano, y de igual manera quien ejerce el poder, debe pensar que lo hace porque ese pueblo se lo ha delegado y quien se lo da, se lo puede quitar. Lo peor que se puede hacer en una democracia es, por un lado, no respetar las reglas del juego, y, por otro lado, no respetar a aquel que piensa de forma diferente al que manda. El pluralismo político no es un valor privativo de los partidos políticos, es un valor proclamado por nuestra Constitución, que confiere un derecho a todos los ciudadanos, el cual es nada más y nada menos, que conformar tu pensamiento político con absoluta libertad, y sólo limitado por los propios principios que establece nuestra Constitución. No respetar al adversario o al que piensa de forma diferente al que ostenta el poder en un momento determinado, es negar, nada más y nada menos, un valor esencial sobre el que asienta la democracia, por más que para ello se acuda a trucos de mal prestidigitador. En España sobra circo y pronto puede faltar el pan, mezcla letal que en la historia nos ha demostrado que se lo lleva todo por delante. A veces la responsabilidad es la mejor medicina, pero no la impuesta, sino la que se genera como una decisión propia, aceptada y asumida porque esto hará que te respeten mucho más. Lo más difícil de administrar justicia es que ostentas un poder intenso en un caso concreto que afecta a unos ciudadanos en concreto, y el peor sentimiento que sobrelleva el Juez es de la injusticia, porque la cara del ciudadano le persigue en su recuerdo. El político no piensa en un ciudadano en concreto, sus errores se diluyen entre toda la sociedad y en su conjunto la padece. A veces sería bueno que el responsable político representara en su memoria caras concretas de ciudadanos, y pensara en ellos. Ortega, pensador español que debería ser de lectura obligatoria en las escuelas y sobre todo para los políticos, transmitió con claridad su gran crítica a la República tan ansiada por él mismo, su sectarismo, para él, la mentira y el sectarismo de los primeros pasos de la República, fue lo que hizo rechazarla a muchos de los que la trajeron; por ello también decía, «procura el bien de aquel lugar donde has nacido».