Serenísima Charlene por Andrés MERINO THOMAS

La Razón
La Razón FOTO: La Razón

Con la boda de Alberto de Mónaco y Charlene Wittstock concluye un ciclo histórico de unos quince años. La práctica totalidad de los herederos al trono de monarquías europeas han contraído matrimonios y asegurado con descendencia la continuidad dinástica. No por celebrarse en un pequeño principado, al borde del Mediterráneo, el enlace deja de ser toda una boda real. Y se han cumplido las reglas protocolarias. Otra cosa es que oficinas de prensa o autodenominados especialistas en no se sabe qué hayan sabido explicarlo. Las invitaciones se enviaron a los jefes de Estado, que como es costumbre confirmaron o no su asistencia, acompañados de sus consortes y, en el caso de monarquías, la de otros miembros de su familia, que pueden acudir incluso en representación de jefes de casas reales ausentes. Fue ese precisamente el caso de Alberto de Mónaco en la boda de los Príncipes de Asturias, a la que no pudo desplazarse el ya anciano príncipe Raniero.

Tanto en virtud de la vigente Constitución monegasca, de 1962, y de la Ordenanza sobre los Estatutos de su Familia Real, de 1882, como en aplicación del derecho público internacional, Charlene es soberana consorte de un estado y merece honores como tal. Independientemente de la extensión geográfica de su pequeña nación, a la hora de aplicar el protocolo regio, su juventud no será obstáculo para saludar de tú a tú a todos los monarcas europeos… y a sus consortes. Nadie podrá sorprenderse al no verla hacer reverencia ante Isabel II de Inglaterra o el propio Rey Juan Carlos, fuera de aquellos detalles de aprecio personal a su elección que deberá compatibilizar, como Alteza Serenísima, con la representación del Principado de Mónaco. Es cierto que no le corresponde el tratamiento de Majestad o Alteza Real. Bueno. Los príncipes de Liechtenstein o los Grandes Duques de Luxemburgo, también jefes de Estado, tampoco lo son. Pero las consecuencias ceremoniales, esas que no dejan de hablar en el lenguaje de ricos símbolos, de comunicación no verbal entre regias familias, desbordan: la duquesa de Cornualles, la Princesa de Asturias, Masako de Japón o Victoria de Suecia deberán inclinarse al saludarla mientras no accedan a sus tronos. Ella ya es… todo. Princesa de Mónaco. Y duquesa de Valentinois, Mazarino, Estouteville y Mayenne; marquesa de Baux y Guiscard; condesa de Carladès, Torigni, Ferrette, Belfort, Thann y Rosemont; baronesa de Buis, Saint-Lô, la Luthumière y Hambye; Señora de Saint-Remy, Matingnon, Altkirch e Isenheim...


Andrés Merino Thomas*