Entre cantar y dar el cante

El Sorteo de Navidad se moderniza gracias a los «twitteros», pero el auditorio mantiene el colorido y los personajes «friquis» de siempre 

Entre cantar y dar el cante
Entre cantar y dar el cante

madrid- «¡Suerte, mucha suerte!» La frase se repetía entre los asistentes al Palacio de Congresos de Madrid. Casi todos se conocen: Marcelo, Rufino y Fernando son de los habituales, pero de esos habituales a los que no les importa que les llamen «friquis». Sus trajes de lentejuelas de colores los delatan. «Los ha diseñado Marcelo», explica Fernando, de 77 años, que tan sólo ha comprado un décimo, pero que siempre acude a oír cantar a los niños de San Ildefonso. «Me encanta el ambiente», añade. Las agujas del reloj se aproximan a las nueve y la tensión se traslada al escenario. Una decena de hombres uniformados, portan traje oscuro y corbata, se encargan de poner todo a punto: comprueban que la tolva deposite las bolas en el bombo. Todo está medido. Sólo se les permite errar a los 35 niños. Sí, son 35, cinco menos que en 2010. «Los que no han venido no se lo merecían, no se han portado bien», explica Esperato Fernández, director del colegio.

La rigidez de los trabajadores de Loterías contrasta con el resto del auditorio que competía para alzarse con el honor de llevar el disfraz más llamativo. Nueve «casitas» de varios colores reclamaban la atención de la Prensa: «Venimos vestidos de casa para reivindicar los 450 días que llevamos acampados en Moraleja de Enmedio, en el terreno donde deberían estar construidos nuestros hogares», subraya Carlos Gonzalo, la casa azul del grupo y uno de sus portavoces. Janet y Evelyn son las primeras en salir a escena. «La noto muy nerviosa», insiste la madre de la segunda mientras la saluda emocionada. Antes de completar su primera tabla ya han cantado el primer cuarto premio: «El 12.249 va íntegro para Bilbao», exclaman los compañeros de los medios: unos «twittean» la noticia mientras las cámaras buscan a algún premiado entre el público. No ha habido suerte. Las bolas siguen repartiendo dinero: mil euros por número. Johan y María José toman el relevo, representan la multiculturalidad de España, son de Bolivia y Ecuador. Al salir no saben que se convertirán en los protagonistas de la jornada. «Cincuentayochomil doscientos sesenta y ochooooo», entona María José a la que no deja indiferente la mirada sorprendida de su «compi», que responde bien alto: «Cuatro milloooooones de euros». El auditorio se levanta y, entre los asientos, grita Camila, es la hermana mayor de Johan. Los micrófonos corren hacía ella: «Él sabía que lo iba a cantar», afirma emocionada. Su madre, Marinela, prefiere cederle el protagonismo. Mientras, «¡qué pronto ha salido el Gordo!», comentan los responsables. La expectación desciende. Marisel y Camila cantan tres quintos premios casi seguidos, pero el segundo se hace el remolón. Se acerca el mediodía y el cansancio asoma. José, de 12 años, se sienta en primera fila. Observa el movimiento del bombo expectante. Le acompaña su hermano, dos años menor que él: «Vengo desde hace ocho años, me impresiona el sorteo. ¡Ojalá pudiera cantar yo, el dinero no me interesa!». Él también sueña con la Lotería.