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Albert Boadella: «Los peores enemigos del mundo taurino están dentro»

El fundador de Joglars defiende la Fiesta desde un fundado pesimismo

Madrid- Soñaba con ser, matador, como tantos niños. Hasta un nombre tenía, El Rubiales. Pero, por más que asegure que le gustan más los toros que el teatro, la vida le llevó por las tablas. Desde su masía catalana, Albert Boadella, gran aficionado de la tauromaquia, charla con LA RAZÓN.

–¿Por qué hay que ir a los toros?
–Se trata del último gran ritual escénico que ha sobrevivido, milagrosamente, desde cierta remota antigüedad. Es una oportunidad única, porque en el futuro las cosas no se le van a poner fáciles a este rito tan emocionante.

–Será emocionante, pero es una actividad cara, que a menudo le lleva a tardes aburridas. ¿Qué sigue arrastrando a la afición?
–Las emociones que uno obtiene en ciertos momentos no se encuentran hoy por hoy en ninguna parte. Si fuera algo casi tan seguro como el teatro, el nivel de emoción no sería tan alto. La vida, la muerte, el pánico, la astucia, la inteligencia, el buen gusto, el valor... Todos esos elementos que configuran la existencia humana están ahí en forma auténtica y también metafórica, porque es un arte.

–¿Qué seríamos en España sin la tauromaquia?
–Es como preguntarle a los alemanes que serían sin Juan Sebastián Bach o sin Brahms. Estaríamos faltos de algo, como si nos quitaran a Velázquez o el Museo del Prado. Hombre... sobreviviríamos.

–¿Qué valores transmite el toreo en estos tiempos?
–Esencialmente, una visión del animal frente a la persona que no existe en ninguna parte, una lucha antigua y remota. Nos ofrece ver el juego entre la fuerza bruta y la inteligencia del hombre. Nos ofrece también una visión heroica del individuo, porque no hay duda que hay valor y heroicidad ahí. Nos ofrece ver un animal en su forma más natural, con los instintos en una situación límite. Pero, esencialmente, es la poesía: que, con un simple trapo, ante un animal que lo quiere matar, un hombre sea capaz de emocionarnos.

–¿El toreo escuece por que une en torno a lo español?
–En España una de las cosas que más nos unen son los artistas. Los españoles estamos de acuerdo en que Velázquez y Goya son los mejores pintores del mundo, Cervantes es el mejor escritor... Los toros nos caracterizaban como españoles. Lo que ha sucedido en Cataluña tiene dos motivos: uno es el político. Pero hay otro: ellos señalan al resto del España como primitivos. Esto tiene que ver con un movimiento actual, usurpado por ese mundo antitaurino, de defensa de los animales. Poco a poco, hay generaciones que cada vez van a ser más reacias al ritual taurino. Han sido educadas en los dibujos animados, en una especie de pedagogía por la cual el animal está a la altura de los individuos, una versión de la naturaleza que nada tiene que ver con la realidad.

–¿Cómo vivió la prohibición en Cataluña?
–Es algo que venía anunciado. La viví como todas las cosas que han sucedido en los últimos diez años en Cataluña: como algo natural e irreversible.

–Pero hay una iniciativa popular para echar atrás la prohibición.
–Cualquier cosa que se haga no creo que ayude a aumentar la afición en Cataluña, que en parte había desaparecido, al menos desde un punto de vista mayoritario, por esa especie de agresión silenciosa pero constante de los medios y el mundo cultural y político catalán a los toros y a otras cosas que pueden representar la cultura española.

–Cuando le embisten los antitaurinos, ¿cómo recibe?
–A mí los antitaurinos son la gente que me ha insultado con mayor violencia y saña. Es la gente que en el fondo me ha provocado más miedo. Son una gente de instintos muy violentos. Lo cual es una enorme contradicción, porque deberían ser pacifistas, vegetarianos, seguidores de Gandhi.

–En la controversia entre el siglo y el torero, ¿quién vence?
–El siglo es mortífero para la tauromaquia. Quizá sea el último... de una cierta tauromaquia. No digo que no queden juegos con el toro, como el caso de los recortadores. Pero el ritual que ahora estamos viendo tiene fecha de caducidad.

–Se habla de los antitaurinos, pero los aficionados abordan poco otros problemas de la fiesta.
–Los peores enemigos del mundo taurino, como siempre sucede, están dentro. Obviamente, hay detrás negocios que muchas veces son poco transparentes, un tratamiento por parte de las empresas muy descarnado de este arte. En su día fue la fiesta nacional, pero no lo es ya, en todo caso lo es más el fútbol. Eso provoca una sensación de rutina, las cosas se hacen porque se han hecho siempre así, pero no se ponen en tela de juicio. Todo eso hace que la debilidad del sector sea cada vez mayor. Hay grandes diestros, pero no grandes ganaderías. Además, se han cogido manías: es tan peligroso un toro de 400 kilos como uno de 600, pero el público de Madrid quiere una especie de elefantes, bichos que casi no pueden salir por la puerta de chiqueros, y se espera que se muevan como una pantera en celo. Pero no se pueden hacer milagros.

–¿El mundo del toro sabe vender el espectáculo que tiene?
–No. Una de las cosas que no se han hecho y era una función esencial del mundo empresarial taurino es contar en el mundo infantil y juvenil qué es el toro bravo y las dehesas. Falta una didáctica de qué es este rito antiguo, el porqué de las cosas y los beneficios humanísticos que conlleva. Eso se ha dejado al libre albedrío de los antitaurinos, que sí que han hecho una didáctica fantástica.