El «amigo imaginario» que salvó al rehén de las FARC

La sociedad colombiana está tan acostumbrada a escuchar el drama de los secuestrados por las FARC que pareciera, aparentemente, no sorprenderse ya ante cada nuevo testimonio de un rehén liberado. El último, el del mayor de la Policía Guillermo Solórzano, demuestra hasta qué punto en situaciones extremas resulta útil sacar el niño que todos tenemos dentro. 

El «amigo imaginario» que salvó al rehén de las Farc
El «amigo imaginario» que salvó al rehén de las Farc

Acababa de poner un final feliz a tres años de cautiverio en la jungla, que había pasado prácticamente solo, mal alimentado y sin que sus captores se dignaran ni siquiera a dirigirle la palabra. Por eso al mayor de Policía Guillermo Solórzano, grande y fuerte como un castillo, no le importó desnudarse ante un micrófono, delante de todo su país, nada más ser liberado: "Rodolfito era mi amigo imaginario. Yo lo abrazaba y me encariñé con él".

Hizo falta mucha imaginación y desesperación, a partes iguales, para convencerse de que Rodolfito era realmente un amigo. Solórzano no tuvo otra opción. Harto de que los terroristas de las Farc que le secuestraron ni siquiera le dirigieran la palabra, decidió un buen día coger un uniforme viejo, meterle espuma dentro y darle la mayor apariencia de peluche que fuera posible. Sólo faltaba ponerle nombre y entablar la única relación que iba evitar que cayese en la locura.

Rodolfito cumplió a la perfección con su misión. Jugó pacientemente al ajedrez con el mayor, cada uno a un lado del imaginario tablero, escuchó con él las historias de Radio Caracol y asintió pacientemente cuando el policía le recordaba lo saludable que es comer garbanzos, lentejas o fríjoles.

"Soporté las cadenas y el dolor"

Según confesó el propio Solórzano en los micrófonos de Radio Caracol, la compañía del muñeco fue lo único que le ayudó a sobrellevar su carga, especialmente durante el año que permaneció completamente solo. "No podía hablar con nadie, porque ese era el castigo, y con el muñeco me adapté a las circunstancias y decidí luchar. Soporté las cadenas y el dolor, no sumiso, sino asumiendo todo con dignidad y confiando en Dios", según el testimonio recogido por la prensa del país.

Rodolfo es imaginario, pero las cadenas y el dolor de los que habla el mayor son tan reales como lo fueron su cautiverio de tres años. Solórzano tuvo que soportar las cadenas en un tobillo y en el cuello, ante la atenta vigilancia de tres hombres, tras un intento de fuga. Fueron los momentos más duros.

"Bueno, Rodolfo, nos tocó marchar", le decía a su compañero cada vez que los terroristas se lo llevaban de caminata. Durante las interminables horas de conversación, Guillermo Solórzano le prometía a Rodolfo que saldrían vivos de ésta y que entonces le presentaría a su familia. No pudo ser. Quizás celosos de tanto protagonismo, los insurgentes quisieron arrebatárselo. Antes de que lo hicieran, el mayor decidió sacrificarlo.

Seis rehenes liberados

Guillermo Solórzano fue liberado el pasado jueves junto al militar Salín Antonio Sanmiguel, en un delicado operativo que permitió, durante la última semana, la entrega por parte de la guerrilla colombiana de las FARC de seis secuestrados.

Precisamente la llegada al campamento de las Farc de Salín Sanmiguel, cuando ya estaba muy avanzado el secuestro, fue el único momento de felicidad para Solórzano. "Cuando lo vi quería abrazarlo, él se sorprendió porque estaba asustado. Nos volvimos muy amigos", explica. La segunda válvula de escape era escuchar en la madrugada a su familia a través de Voces del Secuestro.

Y la tercera, por supuesto, Rodolfito. "Tenía la cara triste y sufría por no poder volver con la familia, pero me ayudó mucho", confesó Solórzano.