El arte vuelve al orden

El Museo Guggenheim de Bilbao estrena temporada con una exposición que ya triunfó en Nueva York sobre el retorno a las formas clásicas durante el período de entreguerras.

Y es que este cuadro fue adquirido por Adolf Hitler, que lo usó para decorar la pared frontal del salón de la casa y que colgó sobre la chimenea.
Y es que este cuadro fue adquirido por Adolf Hitler, que lo usó para decorar la pared frontal del salón de la casa y que colgó sobre la chimenea.

Que el arte no es una pose ante el mundo sino un modo de narrarlo queda reflejado en la muestra «Caos y clasicismo» que recoge el regreso a la pureza formal en las manifestaciones artísticas de Francia, Italia, Alemania y España entre 1918 y 1936. Patrocinada por la Fundación BBVA, se trata de la primera exposición de la temporada que se inaugura hoy y permanecerá en el Guggenheim hasta el 15 de mayo.

Frente al sonido de las bombas y al estruendo de los fusiles, los artistas buscaron ensalzar lo humano y la tradición se convirtió en un anhelado espacio de seguridad y orden. Así, con la primera Guerra Mundial como telón de fondo, el clasicismo irrumpió en medio de las vanguardias en un intento de recuperar la humanidad perdida. En las 150 obras que componen la exposición se plasma esa vuelta a lo clásico a través de 90 artistas dedicados a diferentes ramas creativas que abarcan desde la pintura a la escultura, pasando por la fotografía, la arquitectura, el cine, la moda o las artes decorativas.


Una ideología
Las obras, inspiradas en la Antigüedad, tienen como denominador común el sello de grandes maestros como Pablo Picasso, Georges Braque, Carlo Carrà, Giorgio de Chirico, Otto Dix, Pablo Gargallo o Fernand Léger. Sin embargo, para el comisario de la exposición, el catedrático Kenneth E. Silver, fue Picasso el que lideró este retorno porque era un referente en París, la metrópolis del arte. «El pintor malagueño populariza el clasicismo en este período y le otorga legitimidad moderna al despojarlo del toque academicista», explica Silver. En este contexto, el retorno a lo clásico no sólo representó el mejor estilo para encarnar sus anhelos, también se convirtió, de algún modo, en una ideología con la que defender la pureza.

La exposición del Guggenheim es una versión ampliada de la que ya se exhibió hasta el mes de enero en Nueva York y que obtuvo un gran número de visitantes. «Es un tipo de obra muy fácil para el gran público porque al espectador no le resulta difícil identificarse con ella», explica Lola Jiménez Blanco, experta en la muestra española. «La representación de nuestro país no se incluyó en la primera exposición porque la idea era reflejar el arte como reacción al caos, y España, durante la guerra, fue neutral», comenta. No obstante, la muestra neoyorquina sí incluía la obra de varios artistas españoles –Picasso, Juan Gris y Gargallo, entre otros–que se asociaban con el movimiento francés, por ser allí donde desarrollaron su trabajo. La perspectiva de estos primeros meses de exposición y su traslado a Bilbao han permitido integrar veinte obras más que avalan a creadores nacionales como Mariano Andreu o Frederic Marès en ese clasicismo de entreguerras. «Bebimos de las ideas y de la estética de la época, que fueron introducidas por artistas de renombre y por los pensadores como el catalán Eugenio d´Ors», explica Jiménez Blanco.

Este pretendido retorno pictórico al clasicismo expresaba el deseo de romper con la bidimensionalidad de las vanguardias y con los espacios abstractos y desfragmentados que dominaban el arte cubista. La innovación, como tal, ya no resultaba tan atractiva y la subversión a las fórmulas tradicionales comenzó a perder sentido en el aquel período. En ese momento se necesitaba crear una pureza y un orden casi alegóricos alejados de la cruda cotidianeidad.

Por eso, la colección es un intento de volver la vista al esplendor del arte griego y renacentista, que si bien logra obtener la armonía de las formas, en la luminosidad refleja los contrastes de un mundo que busca recomponerse tras la Gran Guerra. La recuperación del clasicismo se hizo volcando en los lienzos una óptica de modernidad capaz de dotar a las figuras de una inquietante perfección.

Aunque la exposición neoyorquina era ascendente (la intensidad del montaje aumentaba en cada piso), la muestra bilbaína aprovecha la ubicación en una única planta para crear espacios con una direccionalidad muy definida, de modo que conduce las emociones del visitante con gran efectividad. El broche de oro lo pone un vídeo de 1933 sobre las Olimpiadas de Berlín, que refleja la apoteosis de la raza aria y que supone el colofón final a un recorrido por líneas puras y talladas, bellas pero desasosegantes. El recorrido sintetiza la evolución de un clasicismo más idealizado que deriva en la estética que anticipa la nueva guerra.


Lánguidos detalles
«La galería» del catalán Feliu Elias, fechada en 1928, refleja con dolorosa exactitud esta decadencia. La estancia, tan limpia como esmerada en los detalles, es capaz de transmitir cierta angustia existencial. También sobresale el agónico «Transplante» de Otto Dix o la realidad onírica de Balthus en «La calle». Otra de las representaciones más populares de esta colección es el «Circo», de Antonio Donghi, que contrapone con acidez las figuras del arlequín y el domador. Por su parte, Aristide Maillol sobresale con una escultura que resalza la figura femenina sobre bronce.

Con todo, la exposición hilvana el concepto político y militarizante de la Italia de Mussolini con la modernidad de la Bauhaus, sin dejar de lado la estética nazi o las imágenes de la España anterior a la Guerra Civil. Así, la muestra conjuga el Purismo, el Novecento italiano y la Nueva Objetividad alemana y se convierte en una apasionante demostración de que el artista siempre busca aliviar con sus obras la frustración de un mundo que a veces resulta demasiado caótico.


El detalle
SOBRE LA CHIMENEA DEL FÜHRER

Entre las obras más llamativas de la colección destaca el tríptico «Los cuatro elementos», del alemán Adolf Ziegler, no tanto por sus dimensiones como por la historia que atesora bajo el marco. Y es que este cuadro fue adquirido por Adolf Hitler, que lo usó para decorar la pared frontal del salón de la casa y que colgó sobre la chimenea. Lo cierto es que, aunque Ziegler fue simpatizante nazi, acabó detenido un par de semanas por dudar de la victoria teutona en la Segunda Guerra Mundial. Y el cuadro al final fue saqueado por las tropas de EE UU.