Historia

Nairobi

Tren con pamela

La Razón
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He cometido muchos errores a lo largo de mi vida y pago ahora por ellos. No soy feliz por padecer las consecuencias de mis fallos, pero, sinceramente, no creo que lamentarme de ellos sea más inteligente que convertirlos en algo útil, igual que el tipo que atraca el banco convierte en beneficencia una parte del botín. Ayer hablé sobre estas cosas con mi amiga Lola Conesa y, si no recuerdo mal, le dije: «¿Sabes, Lola?, yo no necesito la inteligencia para no cometer errores, sino para que no me importe haberlos cometido». No es algo que se me haya ocurrido ahora pensando en que cierta dosis de interesado cinismo me sirva de coartada para justificar tantos fracasos. Soy así desde hace muchos años, probablemente desde el momento en el que comprendí que podría darme por satisfecho si era capaz de transformar en literatura lo que tan a menudo era incapaz de convertir en felicidad. Un tipo me dijo de madrugada en un garito que los mecanismos por los que se controla el remordimiento no son tan complejos como se cree. Según aquel fulano, «mantener a raya la conciencia es una necesidad extrema que cualquier hombre puede resolver casi con el mismo relativo esfuerzo que necesita para contener la orina». De niño desahogaba mi conciencia en el confesionario del cura porque lo tenía a mano, pero a medida que me hice descreído supe que tendría que reeducar mis remordimientos pensando en que no tuviese a quien contárselos, igual que aguantaría las ganas de mear en el caso de que no hubiese cerca un retrete. De muchacho me gustaba pasar las tardes de domingo en la estación de trenes de Compostela. Disfrutaba imaginando que me subía a uno de aquellos vagones y que me apearía en Nairobi tan pronto como con su pamela de humo el tren tomase la primera curva a la izquierda. Nunca me subía al tren porque no era idiota y sabía que aquel viaje jamás pasaría por Nairobi.

Al cabo de los años volví sobre aquella idea ferroviaria y la reelaboré para convencerme de que más interesante que la posibilidad de salir de viaje puede ser incluso la agridulce alternativa de perder el tren. No dudo de que la sensación de felicidad resulte agradable, pero, ¡qué demonios!, tampoco estaría nada mal hacerse a la idea de subirte al vagón y pensar que tu destino en la vida tal vez sea echar raíces donde quiera que por suerte descarrile el tren.