Garzón sin ton ni son

El juez Baltasar Garzón y el general Caius Martius Coriolanus tienen mucho en común. Los dos platos estrella de la jornada de ayer en la Berlinale –el documental «Escuchando al juez Garzón», de Isabel Coixet, fuera de concurso, y «Coriolanus», la ópera prima de Ralph Fiennes– contaban la misma historia: qué ocurre en las zonas oscuras del poder.

Fiennes y Gerard Butler, en Berlín
Fiennes y Gerard Butler, en Berlín

Garzón habla mucho del poder, habla sin parar del poder y de la indefensión que siente ante lo que él considera una «caza de brujas»: Coixet nunca esconde de qué parte está; es más, desde el principio lo deja claro para que no haya dudas. En el coloquio tras la proyección, la directora explicó que el proyecto fue «fruto de un impulso», y no fue concebido como «un acto político». «Quería que los españoles volvieran a creer en la justicia». Las cartas están sobre la mesa: quien espere un retrato en profundidad se encontrará con una confesión pública. En el tintero se queden temas tan polémicos como la relación del juez con el PSOE. El contraste de datos e informaciones es cosa nuestra: delante de la cámara sólo hay un hombre que se defiende. Y poco más. No hay nada más.

Un sí en diciembre

Coixet dice que persiguió a Garzón vía mail durante varios meses, pero el juez más mediático del mundo mundial se resistía a concederle una entrevista, quizá para neutralizar su fama de ególatra. Cuando al final accedió, el pasado mes de diciembre, hubo que responder con urgencia: llamar al escritor Manuel Rivas, que oficia como entrevistador, montar el rodaje en un periquete, compartir seis horas con Garzón. Detrás de la cámara, Coixet favorece el calor de la intimidad. El blanco y negro aporta la dimensión de documento único; no se confronta a Garzón, no se le cuestiona: es el cine concebido como espacio libre de expresión pero sin contraplano. El contraplano es el ruido de fondo de los medios, que todos nosotros llevamos sintonizado. Lo que queda es la media hora larga en la que el juez explica su caída libre del derecho y del revés. Quizá la vehemencia de su autodefensa es la que haya atraído a varias televisiones europeas, interesadas en adquirir los derechos, pero a ninguna española.

Puro cartón piedra
Lo decíamos: al Coriolanus de Shakespeare también le pica la lana del poder. Fiennes le conoce desde hace diez años, cuando lo encarnó en un montaje en el teatro Almeida londinense. La universalidad del mensaje y la palabra de Shakespeare es lo suficientemente flexible como para que la acción, que en el original transcurre en la Roma imperial, se adapte a una contemporaneidad indeterminada. «Durante todo el tiempo en que gesté la idea de "Coriolanus", no paraba de ver imágenes que me devolvían al texto», explicó Ralph Fiennes, que hace doblete delante y detrás de la cámara. «El 11-S, la guerra de Chechenia, las revueltas en los ‘‘banlieus'' de París, la crisis económica… Era evidente que Shakespeare estaba hablando de cómo funciona una sociedad, y las preguntas que planteaba en el siglo XVII podían responderse mirando a nuestro alrededor».

Alentado por un montaje que modernizaba el «Julio César» y por los hallazgos de la magnífica «Romeo+Julieta» de Luhrmann, Fiennes decidió que el verso shakesperiano se deslizara por las grietas del aquí y ahora. El problema de «Coriolanus» no es el cambio de época, ni las fricciones que la rima provoca al colisionar con el artificio del proyecto. El problema reside en que el resultado es puro cartón piedra: a Fiennes le cuesta inventar un mundo –como sí hacía Luhrmann– que sea a la vez respetuoso y transgresor respecto al texto de Shakespeare.


¿Hablar o callar para siempre?
La rusa «Innocent Saturday», de Alexander Mindadze, tiene un estimulante punto de partida: ¿qué harías si un reactor nuclear explota cerca de tu ciudad, las autoridades te piden que lo silencies y tú sabes que el resto de la población, en la inopia, enfermará gravemente o morirá? La película persigue –en el sentido literal, porque el protagonista no se está quieto en todo el metraje– al hombre que sabía demasiado horas después del desastre de Chernobyl. El dilema está servido –ser fiel al partido o salvar a miles de personas– pero Mindadze no lo desarrolla, permitiendo que su héroe quede atrapado en la vida de un sábado de primavera como si fuera uno de los burgueses de «El ángel exterminador».
Sergi Sánchez