Palabras antes del final por César Vidal

Con sus recientes apariciones, Gadafi se asemeja a otros personajes que preludiaron su final con un patético discurso. Pero no siempre ha sido así

 
 

El 30 de enero de 1945, Hitler pronunció su último discurso público. Las tropas de los Aliados ya pisaban el territorio del III Reich, pero, de haber conocido la situación sólo a través de las palabras de Hitler, nadie hubiera pensado que el desastre era inevitable. El Führer se refirió a los años desastrosos sufridos por Alemania tras la Segunda Guerra Mundial, al triunfo del bolchevismo y, por supuesto, a la conjura judía mundial. Frente a ese panorama, Hitler insistió en señalar que Alemania podría resistir el embate de sus enemigos y mantener su poderío a lo largo de los siglos. Hitler estaría muerto a finales de abril de ese año, pero nadie hubiera podido pensar que se daba por vencido en aquel discurso conmemorativo de su llegada al poder.

Esa presencia de ánimo había estado ausente, sin embargo, del último discurso de Mussolini pronunciado en Milán en diciembre de 1944. Basta escuchar ambas grabaciones para darse cuenta de que Hitler podía estar enloquecido, pero no inseguro, mientras que el Duce era consciente de que tenía los días contados. A pesar de todo, el discurso final de un dictador no se ha producido siempre en un contexto semejante de desmoronamiento. Un ejemplo de ello es el último discurso de Franco, pronunciado el 1 de octubre de 1975. Ciertamente, el régimen había sido abandonado por sus valedores en décadas, en especial los obispos, y los embajadores habían salido de España tras las últimas ejecuciones.

La generosidad de Lincoln
Sin embargo, ni Franco se suicidó como Hitler, ni fue fusilado como Mussolini. Por el contrario, fue aclamado por centenares de miles de personas en la Plaza de Oriente, falleció en la cama y, a su muerte, la sucesión tuvo lugar como él mismo había planeado. A decir verdad, el contenido del último discurso no siempre ha transcurrido en relación con la suerte del personaje. Por ejemplo, el 11 de abril de 1865, Abraham Lincoln pronunció el último de su vida desde un balcón de la Casa Blanca. En el mismo anunció no solamente el final de la guerra civil americana, sino que incluso ordenó a la banda que interpretara «Dixie», el himno de la vencida Confederación, alegando que ahora todos volvían a ser americanos. Pocas veces un vencedor ha sido más generoso hacia un vencido. Sin embargo, apenas unas horas después, Lincoln fue abatido por el disparo de John Wilkes Booth, un agente al servicio del Sur.

Algo similar podría decirse del último discurso del general Douglas MacArthur pronunciado en la academia militar de West Point el 12 de mayo de 1962. En una pieza oratoria verdaderamente extraordinaria, MacArthur afirmó, por ejemplo: «La vuestra es la profesión de las armas, la voluntad de vencer, el conocimiento seguro de que en la guerra no hay sustituto para la victoria, porque si perdéis, la nación será destruida, porque la obsesión misma de vuestro servicio público debe ser Deber, Honor, Patria». Este triple leitmotiv –Deber, Honor, Patria– fue repetido una y otra vez electrizando a los que lo escuchaban. Quizá se debía a que los dictadores, sean cuales sean sus palabras finales, fallecen en la cama o arrastrados por la Fortuna, pero los grandes soldados, como indicó MacArthur, no mueren sino que sólo se desvanecen.