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La Razón
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Lo cierto es que en Madrid fueron pocos los manifestantes presumiblemente indignados. Uniformidad antisistema, estudiado desaliño marginal y espesura corporal acentuada por el calor. Treinta y cinco mil personas se reúnen en Madrid por cualquier motivo, y sin contar con tanta propaganda en los medios de comunicación afines a la izquierda. El cantante José Guardiola, en la década de los sesenta y con su canción estrella «Di Papá» interpretada al alimón con su hija, congregó en Madrid a veinticinco mil almas. La Capital de España es muy generosa en la aportación de masas para lo que sea. El salón de actos de la Lotería Nacional se llena en cada sorteo, por poner un ejemplo lacerante. ¿Ustedes conocen algo más aburrido que un sorteo de lotería? Madrid se abre a toda cachupinada.

Mientras pasaban por las cercanías de mi humilde casa me vino la pregunta. ¿Por qué han necesitado siete años y medio para indignarse?

Y supe responderme. Porque se avecina un período de poder político liberal y conservador. La izquierda –lo escribí días atrás–, no sabe perder en las urnas, y este movimiento no tiene otro objetivo que entorpecer la normalidad institucional y social cuando los socialistas, los hacedores del desastre, se vayan a casa. Ahora piden una huelga general. No tengan dudas al respecto. Se convocará pocas semanas después del cambio clamorosamente anunciado. La huelga general inmediata no entra en sus planes. Se enfadarían los que manejan, desde la sombra, el timón de sus rumbos.

Justo es reconocer que, al menos en Madrid, la manifestación fue pacífica, entendiendo como tal la ausencia de violencia. Pero han cambiado las simpatías. La constante ocupación de espacios públicos ha contribuido a la pérdida de muchos afectos ciudadanos. La ciudadanía comprensiva se ha formulado la misma pregunta. ¿Por qué siete años y medio para indignarse? ¿Por qué no se indignaron cuando se alcanzó la cifra de cuatro millones de parados, dos años atrás? Y vamos a Mourinho. ¿Por qué, por qué y por qué?

He hablado con muchos de los originales indignados. Casi todos ellos, jóvenes. Gente variopinta y por lo general, estupenda. Algunos quedan en el movimiento. Otros se han ido porque han detectado una obsesiva simpatía hacia el 15-M de la opinión y los medios controlados o influidos por el PSOE. No entienden que los culpables se conviertan en sus propagandistas y protectores. Y todos ellos, incluidos los que se mantienen, aseguran que la infiltración ideológica y partidista es la que manda en la actualidad, dentro del caos, en la tardía indignación. «Al principio olíamos a sudor. Pero ahora olemos a política, y eso ha desvirtuado nuestro esfuerzo».

Madrid es una ciudad, y vuelvo a ello, generosa y abierta. Reunió a más de un millón de personas cuando asesinaron a Miguel Ángel Blanco.

Y aunque muchos se molesten, a un millón y medio de españoles –vinieron desde todos los puntos de España–, en la última visita del Papa Juan Pablo II. Treinta y cinco mil personas no marcan ni el principio ni el final de una época. A Enrique Tierno Galván le acompañaron en su entierro un millón de madrileños, y dos años más tarde los socialistas perdieron las elecciones. Madrid es emotiva y acogedora, y sabe medir por experiencia.

Es la ciudad más manifestada de España. Los indignados con siete años y medio de retraso han convocado a quince mil personas más que José Guardiola cantando el «Di Papá». Pues no es mucho, la verdad.