Literatura

Muere a los 85 años la escritora Josefina Aldecoa

En un librito publicado en 1995, en el que se recogían «Tres cuentos inéditos» de Aldecoa (Ignacio), en el prólogo, Aldecoa (Josefina) decía de quien fuera su marido que «tenía una forma risueña de decir las cosas en las que creía seriamente.

La muerte de la novelista, de 85 años, ha supuesto una conmoción en el mundo de las letras
La muerte de la novelista, de 85 años, ha supuesto una conmoción en el mundo de las letras

Detestaba la solemnidad, rechazaba la pedantería y le gustaba pasar levemente sobre los asuntos graves: la brevedad de la existencia, la inaceptable injusticia de nacer para morir, la muerte misma». Y si aquellas palabras estaban pensadas para el escritor, hoy también valen para la escritora que tomó el apellido de su esposo en 1952 y a la que le llegó esa «injusticia» última ayer, en Santander, a causa de una insuficiencia respiratoria.

Esos rasgos amables y sencillos caracterizaron a Josefa Rodríguez Álvarez, nacida en León en 1926, y la hicieron valedora de un gran prestigio en los dos ámbitos en los que se movió: el literario, con sus novelas y cuentos y su relación con colegas como Rafael Sánchez Ferlosio, Carmen Martín Gaite y Jesús Fernández Santos –la llamada generación de los cincuenta–, y el pedagógico, mediante la fundación del colegio privado Estilo, del que fue directora todo el tiempo.

Una humanista

A Josefina Aldecoa la pasión por enseñar le venía de familia –su madre y su abuela habían sido maestras de la Institución Libre de Enseñanza–, de tal modo que encaminó sus estudios en esa dirección hasta trasladarse a Madrid en 1944, estudiar Filosofía y Letras y doctorarse en Pedagogía con una tesis titulada «El arte del niño», que publicaría en 1960. Un año antes había creado la citada escuela, de corte humanista y laico e inspirada en métodos ingleses y americanos, y a la que se dedicó en cuerpo y alma, sobre todo tras la prematura muerte de Ignacio Aldecoa en 1959, durante una década en la que aparcó sus planes literarios. Firmando ya como Josefina R. Aldecoa, viuda y con una hija, fue recuperando la extraordinaria obra de Ignacio Aldecoa hasta publicar sus «Cuentos completos», además de divulgar sus propios relatos en el volumen «A ninguna parte» (1961).

Luego, mantuvo un largo silencio artístico, hasta el texto de carácter autobiográfico «Los niños de la guerra» (1983), sobre sus compañeros de generación. Pacientemente, Josefina Aldecoa había esperado su momento, y cuando éste llegó, anunció la voz de una narradora prolífica, sensible con la condición femenina y comprometida con la época que le tocó vivir, con libros como «La enredadera», «Porque éramos jóvenes» o «El vergel», novelas aparecidas en los años ochenta.

En 1990 vio la luz la que a la postre sería la más recordada de cuantas creó, «Historia de una maestra», sobre la labor de los profesores de la época de la República como telón de fondo y la importancia de su función pedagógica; la protagonista, Gabriela, recién titulada como maestra en 1923, se enseñaba en escuelas rurales españolas e incluso viaja a Guinea Ecuatorial. Tiempos de miseria, pero también de altos ideales, que iban a tener en la guerra civil un siniestro colofón.

Siempre Ignacio

A esta obra le iban a seguir aquellas donde la autora alternó o imbricó lo literario y lo docente; así, publicó la narración «Mujeres de negro» (1994), las reflexiones biográficas «Confesiones de una abuela» (1998) o el ensayo «La educación de nuestros hijos» (2001), además de aportar de nuevo su visión del adorado esposo en «Ignacio Aldecoa en su paraíso» (1996). Mención aparte merecería su entrega al género en el que sobresalió Ignacio Aldecoa: el cuento.

Ella también cultivó la narrativa corta de forma notable, como se aprecia en «Fiebre» (2001), recopilación de relatos que atraviesan toda la trayectoria de la escritora y en los que destaca la situación de la mujer joven y madura, así como las consabidas luchas familiares como temas literarios. Asimismo, en uno de sus últimos libros, «La casa gris» (2005), recreó la vida universitaria de una muchacha en el Londres de los cincuenta; tres años antes, en «El enigma», literaturizó las relaciones amorosas de un profesor.

Estos fueron precisamente sus ítems constantes: un tiempo, un oficio, una pasión; aquella década, la enseñanza, el amor. El mismo que perdió en la figura de Ignacio –«fue un cataclismo», confesó– y que trató de expresar en sus libros mediante personajes cercanos y complejos a la vez que la llevaron a ser una maestra de la narrativa, una maestra dentro y fuera de las aulas.