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Por su cara bonita

Los comentarios despectivos contra Sara Carbonero durante su cobertura de la Eurocopa reabren el debate: ¿se trata de un ataque por ser mujer?

No lo decíamos ayer, sino hace exactamente una semana: internet, cuando se trata de dar pábulo a nuestros demonios, ha abierto caminos insospechados. Twitter, en concreto, es el sanctasanctórum de la nueva maledicencia, un coladero privilegiado de maldades y botellas al mar envenenadas. Lo saben Bisbal, Alejandro Sanz, Arturo Pérez-Reverte o Esperanza Aguirre. Y lo está descubriendo ahora la envidiada y deseada Sara Carbonero, la chica de oro de Telecinco. La novia de «san Iker» acapara «trending topics» con cada partido de España, y hasta tal punto ha llegado la befa en la red que Sara se ha desquitado con unas sorprendentes declaraciones: «Las hogueras fueron usadas también para varios fines. Como, por ejemplo, quemar a las brujas, a los herejes, a los que eran distintos, a los que envidiaban. Aunque no existía Twitter, la práctica de acusar desde el anonimato e intentar que quemasen a alguien estaba muy extendida». Los esfuerzos de la Carbonero por entrar en el martirólogo cibernético han dado escaso fruto. Yerra de plano: Twitter no es ni mucho menos la Inquisición; más bien, aquellos apeaderos de antaño en los que corría el soneto anónimo y el dístico populachero, un nuevo y cruel patio de vecinos en el que habla libremente la voz del pueblo, al que es imposible devolverle el golpe.

Desconfianza
¿Envidia? Evidentemente, sí, pero no sólo. «Las mujeres exitosas generan cierta desconfianza, pero bajo ésta lo que existe es claramente envidia», explica Pilar Varela, psicóloga y periodista. Los prejuicios se exacerban si la mujer que alcanza el éxito laboral es, además, bella: «A muchos hombres aún les pesa mucho la antropología. Vuelan en avión y manejan ordenadores sofisticados, pero tienen alma de pitecantropus (erectus o no tan erectus) ante una mujer joven o guapa», añade. Sin embargo, el «caso Carbonero» –al que se ha sumado estos días Pilar Rubio– no puede circunscribirse exclusivamente a la envidia o al machismo que impera en el mercado laboral.

Las críticas por su fulgurante ascenso le han llovido desde uno y otro lado: Rosa María Calaf aseguró que el ejemplo de su carrera «hace un flaco favor al periodismo y a la mujer», mientras que compañeros de trayectoria menos exitosas, como Alberto Martín López, han hablado a las claras: «Hoy no se queman brujas, pero lo siento Sara, muchos arden en el paro con más aptitudes de las que has demostrado tú». El machismo, con ser un aspecto bien consabido, se convierte en muchas ocasiones en el chivo expiatorio de cualquier crítica que se pueda hacer a la mujer o a una mujer en el ámbito profesional. Carbonero ha lanzado por ahí su contragolpe, olvidando el ejemplo de compañeras como María Escario, Susana Guash y tantas otras informadoras deportivas. En general, matiza Varela, «las mujeres españolas son buenas trabajadoras y ya no tienen ganas de perder el tiempo ni de sentirse víctimas, quieren que les dejen hacer su trabajo y demostrar que valen allá donde su vocación o la vida les ha llevado». Lo que se debate en el caso de la novia de Casillas es más una cuestión de profesionalidad. ¿Hemos de hurtar a la sociedad y al periodismo de este debate por el hecho de ser mujer? ¿Puede ser esta susceptibilidad a criticar a las mujeres en su aspecto laboral la más refinada estrategia del machismo? «El 85 por ciento de los mensajes en Twitter contra Sara son de un sexismo repugnante», señaló Ramón Trecet al hilo de la polémica. En el «caso Carbonero» va implícito el malestar por la sociedad del espectáculo, que encumbra y hasta cosifica al personaje. En medio de la polémica, ha terciado la directora de comunicación y relaciones externas de Mediaset: «Sara Carbonero y Pilar Rubio son víctimas del machismo y el boicot por ser tan guapas».

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