Literatura

Rodolfo Fogwill muerte de un provocador

Agudo, mordaz e irreverente, el escritor argentino, de 69 años, moría ayer por una afección pulmonar

El autor irrumpió en el mundo de la literatura  en  los años 70
El autor irrumpió en el mundo de la literatura en los años 70

No habrá otro como él. Con la muerte de Fogwill –fallecido ayer en Buenos Aires, a los 69 años como consecuencia de un problema pulmonar– se va uno de los mejores escritores argentinos; un escritor irreverente, lúcido, cuya obra atravesó, como un dardo envenenado, provocador, las tres últimas décadas de la literatura de su país.

Rodolfo Enrique Fogwill, que firmaba sus libros y sus columnas periodísticas como Fogwill, a secas (un apellido que acabó imponiéndose como una marca de la buena prosa, asumida con riesgo, sin temor a equivocarse) había nacido en Buenos Aires en el año 1941. Sociólogo de formación, Fogwill fue profesor universitario, trabajó como asesor de empresa, en el sector del marketing y de la publicidad, y lanzó algunos de los eslóganes más famosos («el sabor del encuentro», «la pura verdad») de la televisión argentina.


Una voz candente
No ingresó en la literatura. Irrumpió en ella directamente. A finales de la década de 1970 escribió un cuento y se presentó a un concurso que organizaba Coca-Cola. Lo ganó. A partir de entonces, comenzó a pergeñar una obra inmensa, compuesta por poemas, novelas y relatos y caracterizada, sobre todo, por la originalidad de sus estructuras y por una voz narrativa poderosa, candente, voraz.

Leía de todo y opinaba de todo, sin pelos en la lengua. Fogwill no tenía reparos en expresar lo que se le antojara sobre la Academia, sobre otros escritores, sobre el negocio editorial, sobre el dinero, la hipocresía. También le gustaba navegar (supo tener un barco con el que recorrió los mares del sur, el Atlántico), tener hijos, los coches. Su curiosidad lo llevaba a hablar de medicamentos, de política, de literatura, y todo eso entraba en sus textos: la escritura como una forma de entender el mundo, la vida, la escritura de alguien que afirmaba escribir para no ser escrito.
 
«Yo no construyo; escribo», le dijo a LA RAZÓN hace pocos meses, cuando viajó a España para presentar sus cuentos completos y «Los pichiciegos», la novela sobre un pequeño grupo de soldados argentinos que durante la guerra de Malvinas sobrevive sin pelear, refugiados en una trinchera, traficando cigarrillos, café, chocolate y que lo consagró definitivamente. En ella –escrita en tres días, al calor de los acontecimientos, con 12 gramos de cocaína– Fogwill no sólo describió lo que estaba ocurriendo, sino se anticipó a los hechos y vislumbró la derrota argentina, el final de la dictadura.
 
No habrá otro igual. Como los grandes escritores, Fogwill no deja descendencia, pero sí millones de fans y, tal vez, escritores que sólo podrán, sin éxito, imitarlo. Es imposible que sea olvidado. Con su muerte se va alguien para quien la literatura se reducía al simple acto de escribir, un hecho ajeno a toda solemnidad pero en el que debía haber arte, pensamiento, estilo, aunque perdura una obra única que asusta, que fascina, que sorprende por su eficacia narrativa, por la variedad de registros, por haber sido escrita bajo el influjo de una voz que no dejará de respirar en el latido incesante de cada frase.