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Arturo Fernández: «España está para un tinte o mejor para elecciones anticipadas»

Decir Arturo Fernández es decir interpretación de la buena. Alta comedia que huele a gloria y a sonrisa franca. De haberse cruzado con Billy Wilder, hoy no estaría en su Asturias del alma sino fumándose un puro en Beverly Hils con varios Oscar en su vitrina. En la octava década de su vida, sigue siendo un actor en gira permanente. Un seductor que recorre el país de de escenario en escenario sin una arruga en el traje ni en el alma. Por las mañanas, ultima los ensayos de un espectáculo de zazuela donde hará de conductor y por las noches, se sube a esta «Montaña rusa» junto a Carmen del Valle. Su penúltimo gran éxito.

-¿Jura que su vida es «Una montaña rusa»?-Juro, solemnemente, que ocupa un lugar muy importante en este momento de mi vida profesional. Mi vida personal ha sido mucho menos vertiginosa.-Está avalada por el autor de «Los puentes de Madison». ¿Es la mejor comedia que ha puesto sobre un escenario?-Por afán de superación intento que cada obra supere la anterior. Ésta es redonda: humor elegante, ironía, ternura, ritmo, emoción, intriga.-Dicen que es de sus mejores interpretaciones. ¿Cuánto le debe a la réplica de Carmen del Valle?-Muchísimo. Es una actriz excepcional (Premio Max por «La Celestina» en réplica con toda una Nuria Espert; Premio Unión de Actores; Premio Ercilla por «La Montaña...»), con unos registros para la comedia que te dejan sin respiración. Si a su calidad interpretativa le unes que desde el primer momento surgió la chispa de la comunicación y que nos divertimos cada día... -¿Siente el odio ajeno? Guapo, sano, con éxito, rodeado de chicas guapas...-Y joven... Se te ha olvidado lo que más envidiado me hace: tener todo eso y ser tan joven. En cualquier caso, es de mediocres odiar a otro por lo que consigue a base de esfuerzo, trabajo e independencia. -A sus 81 años, ¿se ha olvidado de envejecer?-¡Pleno! Soy tan despistado que se me olvida envejecer. Y la pasión que me produce mi trabajo me ayuda a mantenerme en forma. También me viene de familia: la única herencia que pudieron dejarme mis padres: los valores y una buena condición física.-Para ser un actor que «habla lo que un autor escribe» no lo hace mal.-Será que se me va pegando algo de los autores. En todo caso, el diablo no es maduro, es viejo. La madurez es una cualidad positiva, la vejez es sólo cuestión de tiempo. Y a mí siempre me han dicho que el diablo carece de virtudes.-Porque a usted eso del «método Stanislavski» sólo le sirve si combina con vodka, ¿no?-Pues sí. Aunque mi método ha sido pisar los escenarios aprendiendo de los grandes: Rafael Rivelles, Marín, Antonio Vico, Enrique Diosdado, Conchita Montes,... -¿Se imita o ha tirado por el camino de en medio?-Mi admirado Umbral dijo: «Se ha parado donde ha querido». He tenido la inmensa fortuna de dar con un personaje que el publico acepta y espera de mí.Él inventó la derecha-En sus comedias, cuando se levanta el telón, ¿es verdad que huele a Chanel número 5?-Los franceses, que saben de esto, ponen en los créditos de los programas qué marca perfuma a la primera actriz. Intento que al alzarse el telón todo rezume buen gusto y elegancia.-Chatín, guapín, cielín, ¿viene impreso en la genética asturiana y es el «copyright» fernandiano?-Sí, lo de «chatín» debía de haberlo registrado. «Guapín» no lo uso, en todo caso «guapina».-Buen actor, buena planta, éxito, fama, ¿algún talón de Aquiles tendrá?-No, no, siga... Que yo para los elogios no tengo medida. Igual ése es mi talón de Aquiles.-¿En qué es usted una nulidad? ¿Y en qué un hacha?-Una absoluta nulidad en todo lo que tiene que ver con la electricidad y la electrónica, a pesar de haber trabajado en unos talleres de Gijón. ¿Un hacha? En destrozar boleros.-Amén de cartas de amor y alguna colaboración periodística, ¿no le tienta escribir sus memorias.-Confieso que las cartas de amor las copiaba de las letras de Machín. No creo que mis memorias tengan interés alguno. A pesar de todo, Tico Medina las ha comenzado. Imagino que por un exceso de generosidad y cariño.-Fue boxeador («El Tigre del Piles»), chico de almacén, vendedor de corbatas y chocolate de estraperlo. ¡Le tocó currar de lo lindo!-Currada la entrevista, ¡eh!... Lo del pugilato fue para ayudar a mi madre que apenas ganaba unas pesetas lavando botellas en toneles de agua fría. Mi juventud transcurrió en una época en la que subsistir sólo se podía hacer trabajando. La prolongación de la adolescencia actual me parece una consecuencia inevitable, un daño colateral de la sociedad del bienestar.-Hemos tenido un invierno fino: crisis, Estatut de Cataluña, «zapaterazos»... ¿Cómo está España?-¡Para el tinte! O mejor: para elecciones anticipadas si hay algún valiente que se atreva a intentar enderezar la nave.-Algunos actores toman parte activa de la vida política. ¿Le tienta significarse?-Creo que me significo en aquellas causas en las que creo. Yo las respeto todas pero me identifico sólo con algunas. Por ejemplo: con la de los presos de la tiranía cubana. Otras me parecen una cuestión de oportunismo, o de necesidad de salir en la foto, o de tener un papelito aunque sea detrás de una pancarta o de una declaración chirriante. -Memoria histórica. ¿Le remueve?-A mí, no. Soy hijo de cenetista que vivió exiliado 19 años. Por él sé que en una guerra fraticida ambos bandos cometen crímenes horrendos. De él aprendí la necesidad de reconciliar las dos Españas, respetando dolor y pérdidas. Remover la memoria me parece peligroso, a la par que tendenciosa maniobra de distracción de los verdaderos problemas que padecemos por parte, precisamente, de los que se vienen demostrando incapaces de solucionarlos. -«Yo inventé la derecha», le dijo a Amilibia. ¿Da más caché decir que se es de izquierdas?-A veces no conozco la modestia. El caché de ser de izquierdas es un invento de la pseudointelectualidad y hay que reconocer que les ha funcionado. Han creado opinión, falsa, pero opinión, consiguiendo que los llamados de derechas se sientan acomplejados de manifestarse como tal. Ser de derechas no es casi nunca ser fascista, como no se es, casi nunca, estalinista por ser de izquierdas. El arte no tiene ideología. Un pintor, un actor o un escritor no lo hace mejor o peor en función de su adscripción ideológica. -No sé si he olvidado preguntarle algo..., soy un poco despistada.-¡Como no sea el número de pie! Porque el de teléfono, ¿lo tiene, verdad?-¿Me canta un bolero bajito y al oído...?-Ya sé que tienes novio, ya sé que no me quieres...Llámeme «chatinaaaaaa», por favorAprendí a amarle por culpa de mi padre. Este dulce pájaro de juventud, madurez y casi eternidad; teatral, fue responsable de mi amor por los escenarios. No en vano, él era cabeza de cartel de la primera obra a la que asistí. Ayer le llamé: «Dime, chatinaaaaaaa». Ahogué una carcajada. Karl Marx se equivocó en muchas ocasiones, pero no cuando dijo que «las cosas ocurren dos veces en la historia: la primera como tragedia y la segunda como comedia». ¡Y eso que no vio al inmenso Arturo Fernández remedar la vida sobre las tablas! Le quiero; le debo muchos minutos de felicidad. Incluso mi padre, donde quiera que esté, hubiera deseado morirse de risa con una obra del «rey Arturo».