Finlandia

Por qué dejé de estudiar

Las dificultades económicas de las familias, la escasa motivación ante los planes de estudio y el deseo de obtener dinero fácil llevan a los jóvenes a abandonar los libros

Salvador Larrauri (29 años) Trabaja como traductor
Salvador Larrauri (29 años) Trabaja como traductorlarazon

MADRID- El sistema educativo español parece estar más cerca de estrellarse que de despegar y continúa en el furgón de cola de la Unión Europea. El panorama en las aulas de nuestro país no puede ser más desolador, según se desprendía del informe que ha dado a conocer esta semana la Comisión Europea. Uno de cada tres jóvenes de entre 18 y 24 años –concretamente el 31,2 por ciento– ha dejado sus estudios. España ostenta el dudoso honor de ser el segundo país de los Veintisiete por tasa de abandono escolar, igualado con Portugal y tan sólo superado por Malta.

Con unas cifras que doblan la media comunitaria, el hecho es que la situación, lejos de mejorar, es cada vez más dramática. Desde el año 2000, el porcentaje de jóvenes que han abandonado sus estudios ha crecido un 7,2 por ciento, siendo España el único país de la UE junto a Finlandia, Suecia y Noruega que ha empeorado sus registros en el periodo analizado. «Muchos abandonaron sus estudios atraídos por la demanda de empleos de baja cualificación en sectores como la construcción, pero con la crisis se quedaron sin trabajo y ahora no saben a dónde ir», explicó la comisaria europea de Educación, Androulla Vassiliou, en relación al fracaso escolar en nuestro país.


«Dejé los estudios a los 17»
Jaime es uno de esos jóvenes que cambió el libro por el ladrillo. Con 17 años se puso a trabajar en el sector de la construcción y a los 24 se aprovechó de una iniciativa del Gobierno para montar su propia empresa. «Me dieron dos años de subsidio de desempleo con la condición de que lo emplease en crear una nueva empresa», afirma. De esta manera, Jaime puso en marcha un pequeño negocio de rehabilitación y construcción que ha funcionado de manera satisfactoria y ahora da empleo a otras cinco personas más.

Cuando se le pregunta si se arrepiente de no haber proseguido con sus estudios, afirma no sentirse arrepentido pero guarda cierto anhelo de haber ampliado su formación, sobre todo a la hora de entablar ciertos diálogos sobre temas concretos.

«Me ha ido bien de momento, pero a veces me doy cuenta que no encajo en alguna conversación por no haber estudiado más», señala. «Ahora ya no tengo tiempo de estudiar, me es imposible. Además, siempre me he sentido como un fracasado de los estudios y me da mucho miedo la idea de volver a estudiar de nuevo y no estar a la altura», añade este madrileño que se define como «contrario» a los estudios. «Hay mucha gente que estudia una carrera y luego acaba de dependiente en una tienda», finaliza a modo de excusa.

Pero no todos aquellos que abandonaron sus estudios han tenido tanta suerte como Jaime. Con un 43,6 por ciento de desempleo juvenil, éste es uno de los colectivos más castigados por la actual coyuntura económica. Una de las causas principales del fracaso escolar en nuestro país es la falta de motivación a la hora de afrontar unos estudios. Muchos de los jóvenes carecen de ilusión mientras están en el colegio, y cuando ya están matriculados en la universidad no tienen claro por qué han elegido esa carrera y no otra.

Éste es el caso de Salvador, un joven de Madrid que durante su etapa en la facultad cursó dos carreras distintas pero no acabó ninguna de ellas porque no tenía la motivación necesaria para seguir adelante. «Empecé Historia y me iba bien al principio, pero en segundo suspendí varias asignaturas y me planteé si merecía la pena seguir adelante. Al final opté por abandonarla y me matriculé en Periodismo, pero me ocurrió lo mismo».


Error en la elección
Salvador admite que en ambos casos pensó que «se había confundido de carrera» y que al no gustarle «no estaba lo suficientemente centrado ni motivado». Como consecuencia de esa falta de interés, los resultados de los exámenes fueron catastróficos y ello, afirma, le «desanimó para seguir estudiando».

Tras su periplo por la universidad realizó un módulo de Formación Profesional de hostelería que finalizó con éxito. No obstante, declara que «aún le pica el gusanillo de retomar la carrera de Historia, pero compaginándola con un trabajo» y señala que considera clave «tener una licenciatura para tener acceso a un buen puesto de trabajo».

La realidad, sin embargo, es que no todos los jóvenes buscan alternativas para ostentar alguna titulación o preparación profesional y viven al amparo de sus progenitores. La llamada «generación Ni-ni», tan escuchada en los últimos meses, es un claro ejemplo de este fracaso escolar. Lo sabe bien Viviana Arasanz que participó en el polémico programa de LaSexta que abordaba este perfil de jóvenes. Su fracaso escolar fue mayúsculo y carece del graduado en Secundaria: «repetí 1º y 2º de la ESO y como ya no podía repetir más veces fui pasando de curso cada año aunque suspendía hasta que cumplí los 18».

A pesar de ello, tras su paso por el programa televisivo su mentalidad cambió. En la actualidad trabaja en un bufete de abogados y declara que hace «de chica para todo», aunque principalmente su tarea se centra en «labores de secretaria». Su transformación llega hasta tal punto que admite que le gustaría volver a estudiar: «Creo que si retomase los libros otra vez haría Educación Infantil».


Problemas económicos
Radicalmente distinto fue el punto y final de Aarón con el instituto. Un accidente de tráfico que se llevó la vida de su padre le forzó a interrumpir sus estudios de Bachillerato para hacerse cargo económicamente de su madre y de sus dos hermanas pequeñas. «Fue un momento delicado porque mi madre estaba en paro y tenía que cuidar de mis hermanas, de 3 y 5 añitos, así que me vi en la obligación de dejar el colegio para ponerme a trabajar», comenta a este chico de 22 años, que ahora es encargado en una tienda de deportes en una localidad de la periferia de Madrid.

La necesidad fue el motivo de su abandono escolar, aunque no oculta que «en las clases no me iba demasiado bien a pesar de que al final terminaba aprobando». Ahora comenta que su situación laboral «es envidiable porque tengo un puesto de trabajo» y asegura que «no añoro no tener estudios superiores y ni me los planteo porque me va bien tal y como estoy».


 

Jaime Gonzalo
(30 años)
Joven empresario, propietario de Plumysa. Aprovechó el «boom» del ladrillo y dejó el colegio a los 17 años para «empezar a ganar dinero». Consiguió una subvención del Gobierno y hace ocho años montó su propia empresa de construcción y reformas.
Salvador Larrauri
(29 años)
Trabaja como traductor. Tras cursar y abandonar las carreras de Historia y Periodismo, estudió un módulo de FP de hostelería que obtuvo de manera satisfactoria. La falta de motivación y de interés propició ese fracaso en el ámbito universitario.