Alergia primaveral: un 20% de los españoles se enfrenta a una de las peores temporadas de la década

Las abundantes lluvias de este invierno elevarán el nivel de concentraciones de los pólenes un 30 por ciento respecto al año pasado. Junto a la polución de los motores, esto conforma un cóctel explosivo que desencadenará una de las primaveras más amargas para los alérgicos.

Alergia primaveral: un 20% de los españoles se enfrenta a una de las peores temporadas de la década
Alergia primaveral: un 20% de los españoles se enfrenta a una de las peores temporadas de la década

Nueve millones de españoles se enfrentarán en los próximos meses a continúas crisis de estornudos, lagrimeo, picores, tos seca, mucosidad permanente e incluso a la falta de aire. En el peor de los casos, muchos acabarán en las urgencias hospitalarias precisando un aporte de oxígeno extra, dado que sus vías respiratorias no han podido soportar el estrés al que los pólenes, «la parte más negra de la primavera», han sometido a unos pulmones, que terminan por rendirse. Para muchos cada año esta época supone un calvario lleno de pañuelos, medicamentos, colirios, médicos... que tan sólo superan con la llegada del verano, o con las inesperadas lluvias primaverales, que se encargan de limpiar la atmósfera.Las malas noticias no se limitan a la llegada de la estación de las flores. Este año se prevé una temporada intensa, una de las peores en los últimos diez años, según las estimaciones de la Sociedad Española de Alergología e Inmunología Clínica (Seaic). Se esperan que las concentraciones acumuladas de polen de gramíneas superen los 5.100 gramos por metro cuadrado de aire, frente a los 4.000 registrados en 2008, lo que significa un 30 por ciento más que en la anterior temporada. Este otoño e invierno han sido de los más duros de los últimos años. Las abundantes lluvias, cuya media este año ha duplicado al del pasado –de 148,5 a 274,8 mm³ de octubre a enero–, y las nevadas auguran una buena temporada de cereales, como el trigo o el centeno. Sin embargo, a pesar de representar una buena noticia para los agricultores, sus consecuencias negativas se reflejan en las gramíneas «salvajes», que se encuentran por todos sitios, en forma de espiguillas, césped y caracolillos, entre otros, y que afectan a casi el 90 por ciento de los alérgicos respiratorios. «Se eleva la proporción de polen que sueltan y provocan más hipersensibilidades respiratorias», apunta Chivato.Y no sólo se trata de que hay más, sino de que es mucho más intenso debido a los agentes contaminantes. «En general, todas las partículas procedentes de los carburantes, y en concreto las de los motores diésel, convierten en más agresivos a los pólenes», explica Tomás Chivato, presidente de la Seaic. Estas partículas se adhieren a las gramíneas, y desencadenan una serie de alteraciones en sus proteínas que incrementan su capacidad alergénica hasta en 27 veces y la liberación de más sustancias. Al ser más violento, «penetra con más facilidad en el organismo, en concreto en las vías respiratorias», subraya Chivato. Desde el Comité de Aerobiología de la Seaic, su presidente, Javier Subiza, manifiesta que: «una mayor utilización de determinadas plantas ornamentales en las ciudades, como los cipreses, las arizónicas y el plátano de sombra, eleva la exposición del polen contenido en el aire. Pero si se suma a la polución atmosférica, el cóctel es explosivo». Por ello, no se trata de acabar con ciertas especies vegetales que adornan las calles de las ciudades y proporcionan humedad y oxígeno, sino «tomar medidas en lo referente a la contaminación, ya que el parque automovilístico de los diésel ha pasado de un 14 a un 70 por ciento –apunta Subiza– Hemos cambiado la forma de polinización, ahora más agresiva para el ser humano, ya que en el campo las concentraciones de pólenes son más elevadas, y sin embargo el número de alérgicos es tres veces menor». De hecho, un estudio del Comité de Aerobiología de la Seaic, señala que vivir en la ciudad aumenta un 10 por ciento los ingresos hospitalarios por asma bronquial derivado de la rinitis alérgica.Además de las gramíneas, en esta época, también tiene lugar la polinosis del olivo. «Si bien, en el centro de España –Madrid, las dos Castillas, Extremadura y norte de Andalucía– sufren las consecuencias de las gramíneas, en Andalucía, sobre todo, padecen las alergias al olivo, que casi siempre mantienen los mismos niveles de intesidad», manifiesta Chivato.PrepararseTodavía quedan un par de semanas para que la primavera llegue a su máximo apogeo, a la explosión de colores y sensaciones, que alaban los poetas en sus escritos. Pese a ello, algunos ya habrán experimentado algunas molestias debido a la polinización de los cipreses y las arizónicas durante los meses de enero y febrero. De abril a junio, se esperan las máximas concentraciones de pólenes, ya procedan de las gramíneas o de los olivos. Para quienes supone el momento más amargo del año, los especialistas aconsejan tomar medidas desde el principio. «Controlar la alergia resulta fundamental para evitar males peores, ya que la meta de todo paciente de polinosis debería ser no llegar a experimentar problemas en los bronquios», insiste Antonio Valero, del Servicio de Alergología del Hospital Clínic de Barcelona. Porque el riesgo de terminar en urgencias por complicaciones respiratorias, en su mayoría derivadas de las crisis asmáticas alérgicas, se eleva y la asistencia se triplica en esta época, los especialistas ponen acento en la prevención.Tratar los síntomas de la rinitis, desde el mes de abril, «ayudará a preparar el organismo con tiempo ante las elevadas concentraciones que llegan a finales de mayo y principios de junio. Pero no todos los pacientes lo cumplen, ya que si se encuentran bien no acuden al botiquín», subraya Subiza.Ganar la batallaOtra de las opciones con mejores resultados del arsenal de batalla del alérgico lo constituyen las vacunas. «Inmunizarse frente a los alérgenos beneficiará mucho al paciente, ya que experimentará menos síntomas y una menor intensidad en los que aún persistan», afirma Valero. Con las vacunas se consigue modular la respuesta inmunológica del organismo frente al «agresor primaveral» y la rentabilidad de sus efectos alcanza casi los diez años de media. «En realidad, constituyen la única forma de evitar que la patología progrese con el paso de la rinitis al asma y la evolución global de la enferemedad alérgica», explica Subiza.Las vacunas contra la alergia pueden reducir los síntomas hasta en un 90 de los pacientes con alergias estacionales. Por tanto, cuanto antes se inmunicen los afectados mejor, «si a un niño con episodios más o menos moderados de rinitis se le vacuna, el riesgo de desarrollar asma es inferior a un 20 por ciento. Mientras que si no se hace a tiempo, las posibilidades de que aparezca esta complicación aumenta un 60 por ciento», insiste el presidente del Comité de Aerobiología de la Seaic.Con el fin de que la vacuna alcance la mayor efectividad posible, se precisa un buen diagnóstico que determina a qué tipo de pólenes se tiene un mayor sensibilización, ya que la polisensibilización «resulta un problema a la hora de hallar una inmunoterapia específica».

¿Por qué cada vez hay más alérgicos?En los últimos años se ha elevado el número de pacientes alérgicos. La teoría de la higiene en exceso y la falta de infecciones provoca una mayor tendencia de polinosis, como afirma Subiza, «cuando el sistema inmuno lógico no trabaja lo que debe puede producir esta respuesta». Así, unos de los últimos estudios señala la posibilidad de que los bebés nacidos durante las épocas de mayores concentraciones de pólenes, tienen más riesgo de desarrollar asma. El trabajo, publicado en «Thorax» y realizado por un equipo de científicos de la Universidad de Berkeley en California (EE UU), demuestra que los pequeños cuyo alumbramiento coincide con los meses de máximo apogeo de la primavera respiraran con dificultad en los primeros años de vida. «En el estudio hemos medido la concentración de alérgenos durante las distintas estaciones y lo hemos comparado con los casos de asmáticos alérgicos», expone Kim Harley, máxima responsable de la investigación.No se trata de una consecuencia directa, como aseguran los expertos, pero «sí que predispone a ello, igual que la carga genética, el tabaco, la exposición ambiental y la polución provocan más sensibilización», apunta Chivato.