Bombilla y Corte

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Madrid, que tantas bombas ha sufrido como Villa y Corte, en estas fiestas se viste con bombillas, que yo no sé si cada año son diferentes, sea porque siempre nos parecen las mismas, tal vez por falta de nuevas ideas de los diseñadores de moda contratados, o por una cuestión de ahorro. Como cuando sacábamos el belén del armario con las figuritas de toda la vida desperezándose. Alguna desaparecida, la mayoría con la anatomía del barro mutilada, hasta el «cagaet» sin orinal. Que servían de cualquier modo para darle caña a la zambomba. Por lo que he observado, quizás las bombillas cambian, pero siguen los colgantes. Con estas palabras de paz, deseo, inconsciencia, cuernos, dudas, regalos, imaginación, olvido y todo lo que siga de una sopa de letras que sale de una cazuela donde se echa a hervir el diccionario.

Un taxista me pasea y se queja de que todo lo que se gasta el Ayuntamiento en electricidad podría utilizarlo en mejores cosas, como darles pensiones a los trabajadores del volante, o algo así. Como estamos con la neura de la superstición del cambio climático, cada vez escandaliza más el consumo de energía. Ahora se supone que las bombillas son halógenas y chupan menos kilowatios. Yo las disfruto soñando con Dickens en mitad del atasco. Parado delante de un camión de reciclaje recogiendo cartones por la calle. «Les están quitando el negocio a los gitanos», comenta el mecánico mirando al San Cristóbal y la foto de los niños con el «Papa no corras». Pues claro, tontaina, para esto está el desarrollo sostenible, para reciclar el cartón y el papel y convertirlo en impresos de multas. Sin necesidad de cortar árboles. Ni siquiera el de Navidad en noviembre, felicitándonos las deudas.