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Psiquiatra forense

La Razón
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Si hay un pasaje del Nuevo Testamento duro, por boca de Jesucristo, es en el que amenaza a «los que escandalicen a los niños (¿) más les valiera atarse una piedra al cuello y arrojarse al mar». Estas palabras están en todos los textos religiosos de las más diversas confesiones del mundo, lo que conlleva una carga social y milenaria hacia la pedofilia sin precedentes. Cada año caen miles de bandas dedicadas a la pornografía infantil, se detiene a miles de personas por prácticas sexuales con menores e incluso existe una red de comercio sexual. Hoy sabemos que existe un trastorno grave que se denomina «pedofilia», la necesidad del niño como objeto para la satisfacción sexual. Personas inmaduras en lo afectivo-emocional, con o sin traumas infantiles pero incapaces de aceptar la sexualidad adulta. Muchas sufren en silencio, unas pocas intentan tratarse y otras pasan a la acción: los pederastas. Saltándose el riesgo, reinciden en su búsqueda del niño como objetivo sexual. ¿Qué debemos hacer? Lo primero identificar al sujeto con el problema y ponerle fuera de la circulación. En segundo lugar, el cumplimiento de la pena que los códigos estipulen. Y en tercer lugar y, esto hoy es una utopía, «obligarlos por ley» a un tratamiento psico-biológico para disminuir su libido alterada con un seguimiento socio-sanitario-jurídico. Mientras el juez no imponga las medidas mencionadas, incluso de por vida, llenaremos páginas de periódicos para tranquilizar nuestras conciencias, pero nada conseguiremos.