Diabólicas encuestas

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Desde que Gallup pronosticara la victoria de Roosevelt contra todo pronóstico, no ha habido político en el mundo que no haya manejado encuestas para afilar sus uñas y descubrir las pulgas del adversario. Nadie como Kennedy supo planificarse una campaña. Eliminó en una gira la visita a treinta Estados para dedicar el dinero y las energías a aquellos otros en los que, por ser católico, sería mejor recibido; y se volcó en la educación que, según las encuestas, anhelaban los americanos, y el público le creyó. Sondeos de brocha gorda como los que ahora le dicen a Zapatero que por ETA no va bien, que gire hacia los subsidios y los euros.

Los sondeos de brocha fina, sobre resultados electorales, son más arriesgados. Unas lágrimas como las de Hillary pueden mandar al traste los diez puntos de ventaja que le daban las encuestas a Obama, en New Hampshire. Aquí, el CIS ha patinado casi siempre y los partidos pagan ingentes cantidades de dinero a encuestadores para ser «engañados» a su gusto.

De cara al 9 de marzo, tanto Zapatero como Rajoy no van confiados. Los dos dicen que no creen en las encuestas pero los dos las destripan y han puesto las barbas a remojo, porque todos los pronósticos apuntan a un empate técnico. Un puñado de circunscripciones decidirán si el resultado es un empate o hay vuelco hacia el PP como en el 96 o hacía el PSOE como en 2004. Lo saben Pepe Blanco y Pío García Escudero, aunque ambos se paguen encuestas favorables y piensen como de Gaulle: «Estoy cansado de contarles mentiras a los periodistas por la tarde y creérmelas a la mañana siguiente cuando abro los diarios». Una cosa es cierta: si el empate persiste el 9 de marzo podemos tener el peor resultado de la democracia en España, un ganador en votos y otro en escaños, dos ganadores y dos perdedores a un tiempo. Un desastre si la calle se calienta y la economía sigue pendiente abajo. La campaña que ya fue decisiva en 2004 –el PP partía con 7 puntos de ventaja y el 10 de marzo sólo tenía 2–, ahora será más decisiva que nunca. Y, con un ojo puesto en las diabólicas encuestas, será a cara de perro. ¿Se acuerdan del dóberman? Pues eso.