El ascenso a la cumbre de La Maliciosa

El ascenso a la cumbre  de La Maliciosa
El ascenso a la cumbre de La Maliciosa

Un autobús puede recoger a los intrépidos excursionistas en el Intercambiador de Moncloa y dejarles en el pueblo de Navacerrada. Desde allí al Valle de la Barranca hay sólo tres kilómetros. En el aparcamiento comienza una senda que será la causante de las agujetas del lunes.

 

El ascenso a la cumbre de La Maliciosa (2.227 metros de altitud) supone un desnivel de 850 metros, se ha incluido en el programa de rutas de la Consejería de Medio Ambiente de la Comunidad de Madrid y está enclavado entre las Cuerdas de la Buitrera y Almorchones. El terreno explorado forma parte del nuevo Plan para la Ordenación de los Recursos Naturales (PORN) de la Sierra de Guadarrama, dentro del ámbito de los Parques Regionales (PR).

 

El trayecto implica una hora y tres cuartos de ida y lo mismo para la vuelta. Serpentea muy poco desde su comienzo en la pista forestal, que llega hasta el pinar y suele contar con balizas con las marcas de «PR», excepto en una parte final en la que hay que buscar con atención los hitos que lo delimitan.

 

Es mentalmente oxigenante sentir cómo a medida que se gana altitud van presentándose en sociedad especies de arbolado muy difíciles de encontrar un poco más abajo. El acebo (Ilex aquifolium) y el tejo (Taxus baccata) son dos buenos ejemplos. La humedad que encierra el entorno en una suerte de burbuja facilita su desarrollo.

 

Dado que el sendero tiene una dureza de nivel medio, se recomienda aplicar los cinco sentidos a la ruta, aunque a veces no haya más remedio que utilizar uno de ellos, la vista, para contemplar el cielo. Por allí, planeando por el perfecto entramado de autopistas que no vemos, vigilan toda la zona buitres leonados, cuervos y grajillas. La sola imagen de alguno de estos ejemplares rasgando el aire con afilada velocidad ya compensa la agotadora jornada.

 

En la cumbre, la historia golpea con detalles que nacieron allá por el siglo XV, cuando los habitantes de la zona ya nombraron a este pico maldito, pues sufría todas las inclemencias metereológicas posibles, ensañadas contra su fornida roca. Esos habitantes convivieron durante siglos con una montaña propiedad privada, hasta que la Comunidad de Madrid compró en 1997 los terrenos que faltaban. Nadie sabe, sin embargo, si esta operación resultó cara o salió barata; la compra de montañas no está a la orden del día.