El Atlético se quedó helado

Agüero y Torres se quedaron en el camino. Uno por prescripción facultativa y el otro, porque Javier Aguirre no quiere pasar a la historia como el entrenador que reventó al «Kun». Y por ello, el Liverpool-Atlético, que para muchos es casi ya un partido entre solteros y casados, por la hermandad entre los dos equipos, perdió morbo e inte-rés de salida.

La Razón
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No hubo duelo entre los dos jugadores más representa- tivos que ha tenido el Atlético en los últimos años y la fiesta de Anfield nos sirvió para comprobar que en el terreno de juego no hubo la camaradería reseñada, que los protagonistas se emplearon con ganas y que salió un partido apañadito, de fuerza, entretenido, en donde mandó el Liverpool, que empató en el tiempo añadido con un penalti inventado de Pernía a Gerrard, cuando Maxi había llevado al Atlético al triunfo, a la clasificación como primero de grupo y a la gloria. Estaba todo hecho y el colegiado sueco, tras consultar al juez de línea, le dio a Gerrard la oportunidad de empatar. Por jue- go era justo, por el penalti, no. Pensar en que Platini se apunta a la venganza no parece muy lógico, aunque los arbitrajes del Calderón y de Anfield perjudicaron al Atlético.
Aguirre ya sabía el lunes cuando salió de Madrid que Agüero no iba a jugar. Hay que dosificarle y prefirió, de entrada, reservarle para el partido del domingo en Pamplona porque la Liga interesa bastante más que la «Champions». Tuvo veinte minutos para la gloria, para asomarse tres veces al portal de Reina, mientras su amigo Torres se desesperaba en la grada, llevándose la mano a la cara cuando su Liverpool quería y no podía.
Porque el Liverpool quiso. Fue desde el comienzo un martillo pilón sobre el portal de Leo Franco. Se cansó de lanzar córners, de buscar la segunda jugada para Gerrard, de centrar desde la izquierda y la derecha. Pero a los de Rafa Benítez les faltó precisión, les sobró ansiedad y encima se encontraron con un Atlético que le plantó cara, que no se arrugó, que cuando lo pasó mal supo refugiarse en su área y que contó con unos esforzados jugadores que presionaron y trabajaron para que Xabi Alonso no luciera tanto como en el Calderón, para que Mascherano no estuviese cómodo.
El peligro inglés se llamó Gerrard, con la colaboración de Kea- ne, perfecto en los desmarques de ruptura porque Kuyt estuvo atropellado, aunque es incansable y Pernía no acertó a frenarle en varias ocasiones. El planteamiento era claro, pero faltaba Torres y claridad de ideas a los de Benítez, atascados en su juego de ida y vuelta, con pelotas largas y cruzadas al más puro estilo británico, salvo cuando tocaba triangular. Y en eso el Liverpool ha mejorado con respecto a otros años.
Defenderse era la primera premisa del Atlético. Y lo hizo con orden, con Perea y Assunçao en plan jabato, con Antonio López providencial. El lateral hizo la jugada de Maxi. Control perfecto de los dos y gol del argentino para la gloria, para enmarcar. Objetivo cumplido en el primer tiempo y el mismo argumento tras el descanso. El Liverpool mandaba, estiraba el campo y el Atlético aguantaba. Era su misión.
 Con Agüero en el campo, con los deberes hechos, el colegiado se inventó el penalti. Desesperación rojiblanca y gol de Gerrard. El empate, que era bueno en principio, se convirtió en un desconsuelo para los rojiblancos. Impotencia, rabia, así se las gastan por Europa, pero no hay que ver fantasmas porque la clasificación cada vez la tienen más cerca. Lo de ayer fue otra de esas historias que harán del victimismo rojiblanco una novela.
Irse de Anfield Road con la cabeza levantada quizá no sea la solución. Todo había salido bien, porque el Atlético mantuvo durante noventa minutos el espíritu de un equipo competitivo, luchador, sin alardes, porque el faro del buel juego, de la excelencia, no está en el libro de Javier Aguirre, pero se había dejado la vida para dar una satisfacción a los seguidores que habían viajado a Liverpool.
El Atlético tampoco camina so- lo, aunque ayer tendría que haber gritado en ese último minuto «Help». No hubo socorro para él, el que salió beneficiado claramente fue el Liverpool. Olvidémonos del colegiado de turno y digamos que fue un partido de cuerpo a cuerpo.