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El gobierno en la sombra de Obama

La Razón
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La escena que el martes contempló el planeta pudo haberse dado cuarenta y cuatro años atrás y el baile hubiera sido abierto -y esto se le daba mejor que a Obama- por el insigne trompetista Dizzy Gillespie. El fundador, junto a Parker, Monk y otros, del «bop», el jazz moderno que eclosionó en los cuarenta, siglo XX, lanzó en 1964 su propia campaña como candidato independiente a la presidencia de su país. Contó con el excelente crítico musical de San Francisco Ralph J. Gleason como publicista y el cantante Jon (OJO: sic) Hendricks escribió las palabras para el himno de campaña, «SALT Peanuts». Dizzy, un espíritu burlón, dio mítines en los que anunciaba sus planes. Así, su primer decreto: la «White House» pasaría a llamarse la «Blues House». Y había nombramientos previstos. Miles Davis se había ofrecido para Tesoro (Hacienda), pero el candidato le persuadió con otro destino: jefe de la CIA. Otros músicos de jazz ocuparían otras carteras, Malcolm X en Justicia y el invidente Ray Charles estaría a cargo de la Biblioteca del Congreso. Y muchas mujeres en el gabinete: Peggy Lee, Ella Fitgerald, Carmen McRae y Mary Lou Williams, embajadora ante el Vaticano. Dizzy dio todos los campanazos que pudo en un momento en el que muchos estados de la Unión disponían de un arsenal de leyes segregacionistas y retiró su candidatura. En ese mismo año, 1964, el Congreso aprobaría la Ley de Derechos Civiles, y la fiesta presidencial -una enorme concerntración en Washington en enero de 1965- la tuvo Lyndon B. Johnson. Cuentan las crónicas que fue en 1619 cuando veinte africanos llegaron a Jamestown, Virginia. Cuarenta y cuatro años después se produce la primera revuelta de esclavos. Las hubo y en España se tradujo, hace algunos años, el estudio de Herbert Aptheker. La revuelta más sonada, la de Nat Turner, cuyo relato autobiográfico escrito mientras esperaba la ejecución fue publicado y dio sustento a una de las grandes novelas americanas del siglo pasado: «Las confesiones de Nat Turner», de William Styron. El también blanco Erskine Caldwell, célebre por «La ruta del tabaco», dejó certero relato de los estados del Sur en «A la busca de Bisco», en el que están todas las voces. Y la fundadora fue, sin duda, Harriet Beecher Stowe, quien en 1852 publicó «La cabaña del Tío Tom». Se cuenta que, años después, al ser presentada al presidente, Lincoln dijo: «Así que es esta frágil dama quien me hizo hacer una guerra». Hubo blancos que lucharon contra la esclavitud, particularmente católicos irlandeses y cuáqueros. Estos fundaron el «Ferrocarril Subterráneo», organización de ayuda a los esclavos en fuga hacia el Norte no esclavista (pero donde podían ser localizados y regresados al Sur) y Canadá, territorio libre para ellos. De este «ferrocarril» cuenta en un espléndido relato, «Una Navidad diferente», Alex Haley, el primer escritor negro americano en lograr un verdadero best-seller con «Raíces», cuya adaptación como serial televisivo fue emitido por TVE en 1979. Haley también tuvo su éxito como coautor de la autobiografía de Malcolm X. El Ku Klux Klan en Sevilla Pero se suele considerar la primera gran novela de los negros americanos «Hijo nativo» (1940), de Richard Wright, una narración ciertamente tremendista (y no menos ajustada a la realidad) que arranca con la persecución doméstica de una rata. Wright tuvo una evolución arrebatada. Se exilió en París donde se hizo comunista, causa que dejó para abrazar la fe católica, pero estaba en éstas cuando en un viaje a España (en los cincuenta), encuentra en Sevilla a su paso una procesión de nazarenos. El novelista ve en ellos al Ku Klux Klan y decide para siempre volver al protestantismo; así lo cuenta en un libro crónica de ese viaje. En 1947, Ralph Ellison publica «El hombre invisible» (Lumen la tradujo aquí en 1966), una novela enorme y definitiva, una parte del siglo XX.También fue en París donde James Baldwin encontró su orientación sexual y así lo contó en «El cuarto de Giovanni». Importante novelista y dramaturgo, Baldwin muestra su falta de esquematismos en su pieza dramática «Blues para Mr. Charlie». Estos libros han sido traducidos en uno y otro momento en España y también las policíacas de Chester Himes (vecino de la costa alicantina durante años, hasta su muerte) e Ishmail Reed (de carcajada abierta y acento sureño) y el relato juvenil de Warren Miller, «Tómatelo con calma», entre otros. También se empezó a traducir a Toni Morrison, antes de lograr el Premio Nobel, y llegaron a nuestras librerías Maya Angelou («Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado») y Jamaica Kincaid («Lucy»). En el catálogo de Anagrama se encuentran desde nuevos policíacos al relato de un chulo («Pimp», de Iceberg Slim) y las novelas de Terry McMillan, crónica de una clase media negra en la que los jóvenes tienen a Charlie Brown en su carpeta colegial y siguen al melifluo saxofonista Kanny G. (los que escuchan a Coltrane son manifiestos porreros). Bien mezclados Si en música estamos, éste fue el primer campo fuera del deporte para salir del gueto. Y los músicos fueron espejo y manifestación de la cultura negra americana. En los Espirituales, todas las referencias a la Estrella Polar no eran sino una orientación en la huída al Norte. Los Blues no sólo cantan la tristeza que no se sabe de dónde viene. Cuando Leadbelly canta «Black Betty» no habla de la negra Isabelita sino del látigo del amo y del capataz tal como era llamado, otrora, en el barracón de los esclavos, y Big Hill Broonzy explica cómo eres tratado según el tono de piel en «Black, Brown and White». Duke Ellington escribió la suite «Black, Brown and Beige», crónica musical del negro americano, y él y tantos músicos y cantantes de jazz hicieron «visible» (recordemos a Ellison) al negro americano. También Paul Robeson, cantante de ópera, y Harry Belafonte, rey del calypso. Y tantos más. Entre los músicos favoritos de Barak Obama está Miles Davis, el «Picasso del jazz», según Ellington, el hombre que revolucionó esta música al menos en cinco ocasiones. Y se cumple este año el cincuenta aniversario de la grabación y edición de «Kind of Blue», un disco considerado en las historias del Jazz como una (o la) obra cumbre y, al tiempo, el disco de jazz más vendido en todo el mundo. Merece tratamiento aparte. En ese mismo año, Miles Davis fumaba un cigarrillo a la puerta de Birdland, el club en el que actuaba esa noche. Un policía le conminó a que «circulara». Miles no lo hizo, le dijo que tocaba ahí y el policía se lió a porrazos y le detuvo por «resistencia al arresto». La foto de Miles con tiritas en la cabeza y la camisa y chaqueta con manchas de sangre apareció en los periódicos y Miles quiso publicarlas en su autobiografía. También en esa fecha, 1959, Norman Mailer entregaba a la imprenta «El negro blanco» en el que hablaba de esos clubes: «El bohemio y el delincuente se encuentran ante el Negro¿. También escribía: «Creo obviamente que es un derecho absoluto que el Negro se funda con el blanco y que el mestizaje sería más que suficiente para cambiar la vida».