El último cartucho

La Razón
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Le ha pasado cuatro años diciendo: «Primero, Irak, luego, Palestina». Hasta que al final de su mandato y con prácticamente todo su prestigio gastado, Bush se ha dado cuenta de que sin resolver el problema palestino no se puede arreglar nada en Oriente Medio. Así que ha citado en Annapolis a los actores del drama para buscar una solución. Reunirlos fue ya un éxito. Que se comprometieran a alcanzar un acuerdo en un año, una hazaña. Que lo alcancen, un milagro. Y aunque aquella es tierra de milagros pocos creen que lo consigan. Y eso que la fórmula para lograrlo tiene ya cuarenta años: devolución de los territorios ocupados en 1967 y reconocimiento árabe de Israel. Pero ningún primer ministro israelí puede devolver esos territorios, donde se asientan hoy 60.000 colonos judíos, ni ningún líder árabe puede reconocer a Israel sin que los devuelva. Rabin y Sadat lo intentaron, y les costó la vida a manos de los suyos. Sólo un presidente norteamericano, usando toda su capacidad de influencia, puede hacer ceder a Israel. Pero resulta que Israel tiene más influencia en Estados Unidos que Estados Unidos en Israel. El único presidente norteamericano que lo intentó –y ni siquiera usando métodos coercitivos– fue Bush padre, y perdió el cargo. Por eso Bush hijo se ha mostrado tan renuente en implicarse en ese asunto. Pero fracasados todos sus planes y con la perspectiva de pasar a la historia como el peor presidente norteamericano, es su último cartucho. Las perspectivas, repito, son, malas. A su favor tiene sólo el miedo que ha llevado a Annapolis a saudíes, sirios, iraquíes y palestinos. Todos ellos tienen miedo de que Irán se convierta en la gran potencia de la zona a caballo de los chiitas, de Hezbollah, de Hamas, de Al-qaeda y de la bomba atómica que busca. Que ese miedo sea mayor que el miedo y odio que tienen a Israel decidirá si dentro de un año se cumple o no el acuerdo de Annapolis. Los analistas se inclinan por el no. Pero Bush es de esos hombres que creen en milagros, y así le ha ido. Aunque Israel debe también pensar que ese Irán supone para él una amenaza mayor de la representada hasta ahora por todos los árabes juntos.