Fuerza bruta en Gaza para evitar bajas y mantener el consenso interno

El Ejército israelí actúa con tremenda dureza en Gaza a fin de evitar un alto número de bajas entre sus soldados que -como sucedió en el conflicto con Hizbulá de 2006- resquebrajen el masivo apoyo social a su ofensiva en la franja. «Somos muy violentos. No estamos rehusando método alguno para prevenir bajas entre nuestras tropas», reconoció esta semana ante las cámaras el teniente coronel Amir, jefe de la unidad de combate de ingenieros.

Bajo condición de anonimato, otro alto mando militar israelí tampoco dudó estos días en describir a la prensa el actual ‘modus operandi' en Gaza: «Desde nuestro punto de vista, ser cuidadoso es ser agresivo». «Cuando sospechamos que un miliciano palestino se esconde en una casa, lanzamos un misil, luego dos disparos de tanque y después una excavadora golpea el muro. Causa daños pero previene la pérdida de vidas entre nuestros soldados», agregó. Con estas tácticas, no resulta extraño que el balance de muertos en los dieciséis días de operación «Plomo Fundido» sea de 878 palestinos -la mitad civiles- y quince israelíes, cuatro de ellos soldados caídos por «fuego amigo».
En este sentido, el diario «Haaretz» desvela hoy los motivos de que Israel bombardeara el pasado martes una escuela de Naciones Unidas en un campo de refugiados de la ciudad de Gaza, lo que causó la muerte a unas treinta personas. Según una investigación preliminar del Ejército, las tropas intentaron lanzar un misil de precisión contra una lanzadera de cohetes que se encontraba a unos treinta metros del colegio, cuyas coordenadas conocía y en el que podían verse claramente los símbolos de la ONU. Pero un fallo técnico lo impidió y el mando militar optó entonces por disparar proyectiles de mortero guiados por GPS, mucho menos precisos y que causaron la tragedia.
Las declaraciones y los hechos sobre el terreno muestran, pues, a un Israel dispuesto a pagar el precio en términos de imagen internacional de ir «à la guerre comme à la guerre», con tal de mantener la cohesión interna. Visto lo visto, la jugada ha salido bien: EEUU y la UE siguen en su papel habitual; Egipto se muestra más beligerante con Hamás que con su antaño enemigo; el presidente palestino y líder de Al-Fatah, Mahmud Abás, carga en sus discursos contra el movimiento islamista; e Hizbulá tiene demasiado interés en las cercanas elecciones como para desenterrar de nuevo su arsenal de Katiushas.
El primer ministro israelí, Ehud Olmert, dejó hoy claro que lo importante es preservar el 94 por ciento de apoyo a la ofensiva que refleja el último sondeo del centro de investigaciones Tami Steinmetz. «No debemos echar a perder en el último minuto lo logrado en un esfuerzo nacional sin precedentes que ha restaurado el espíritu de unidad de la nación», dijo Olmert al abrir el consejo de ministros. Esa cohesión se fue deshilachando durante los 33 días del conflicto que mantuvieron el Estado judío y Hizbulá en 2006 a raíz del secuestro de dos soldados israelíes por la milicia chií libanesa. En los primeros días de esa guerra, Olmert y el entonces ministro de Defensa, Amir Peretz, contaron con tasas de popularidad inéditas, del 75 y 80 por ciento, respectivamente. Dos meses después, su apoyo había caído en picado por el descontento sobre el transcurso de la contienda, en la que murieron más de mil libaneses -en su mayoría civiles- y 163 israelíes, principalmente soldados. A un mes para las elecciones legislativas, los políticos israelíes no están dispuestos a repetir el error de que los telediarios se pueblen de ataúdes cubiertos con el blanco y azul de la bandera del país. En Israel, donde el servicio militar es largo y obligatorio y los reservistas son legión, el Ejército es una parte esencial de la identidad nacional.
Así, con apenas diez soldados muertos, los principales responsables de la ofensiva (Olmert y los ministros de Defensa, Ehud Barak, y Exteriores, Tzipi Livni) han aumentado sus índices de popularidad desde el inicio de la ofensiva, pese al constante goteo de muertes palestinas, civiles incluidos. Hasta el partido Meretz y la ONG Paz Ahora, considerados los baluartes de la izquierda sionista pacifista, apoyaban la operación hasta hace bien poco. Implacable, como de costumbre, el columnista israelí del diario «Haaretz» Gideon Levy cargaba el viernes contra su sociedad: «El escalofriante equilibro de sangre -unos cien palestinos muertos por cada israelí- no genera preguntas, como si hubiéramos decidido que su sangre vale cien veces menos que la nuestra, en aceptación de nuestro inherente racismo».