Gustan las listas

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Comienza el año y ya empiezan a darnos la lata con las listas. Como uno tiene la suerte de no ser incluido en las de los personajes más poderosos, ni entre los más guapos o los más elegantes, y se conforma con retratarse con la lista de la compra, puede permitirse el lujo de observar este corral de vanidades, que acaba siendo la inclusión entre los «tops» de las diferentes parcelas profesionales, regionales, mentales o aparentistas, divagando sobre las sensaciones de plenitud o inseguridad que debe proporcionar el pertenecer a la tribu de los señalados en esta sociedad de nuestros pecados con un devenir tan voluble e incierto. Para el pespunte frívolo suelen dar juego las de las mejor o peor vestidas, que, por otro lado, tienden a ser las más obvias y repetitivas sin atender a la vanguardia o a las fantasías extravagantes de la moda. Este año está tan cantado que la reina del baile va a ser Doña Letizia, con su gasto de representación en armario y zapatería, que sólo hay curiosidad por ver quién ocupa los niveles bajos de la pedrea. Sobre todo, en aquellas que están con un pie en la lista de las divinas y el otro en el de los esperpentos. ¿En dónde puede estar, por ejemplo, la baronesa Thyssen, que puede liquidar boutiques sin lucir etiqueta? Entre las políticas, pongamos que hay una lucha de clase, o de estilo, entre Fernández de la Vega y Esperanza Aguirre, la una presumiendo de modistos y la otra de fusilamientos de Zara. Lo que nos lleva a la cuestión de siempre: ¿la elegancia se lleva dentro? ¿Con ella se nace, o se hace? Desde Brummel a las nuevas princesas, está demostrado que el origen de la distinción no importa. No es de extrañar que en el extranjero el ranking de las mamarrachas lo encabecen siempre las ricachonas más «fashion victims», como la pandilla de Paris Hilton, Britney Spears y Lindsay Lohan. Aunque los listados no dejen de ser una tontada, sirven como costumbre para calificar, descalificar y dar la nota.