Jaque a la Reina

La Razón
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El otro día tembló Buckingham. No sabemos lo que pudo pasar por la cabeza de Isabel II, que soportó sin inmutarse los bombardeos de Londres y acostumbrada al resonar de los cascos de los caballos galopando en Ascot, al ver estremecerse el pasillo por las zancadas de las potentes extremidades calzadas con zapatos de Jimmy Choo talla 43 de la tremenda Michelle Obama. Tal vez llegó a pensar que el Big Ben había venido a darle la hora.Algunos cortesanos de la crónica de sociedad siguen insistiendo en alabar la exquisita elegancia y portentosa clase de la primera dama americana. Pero a mí cada vez que la veo me produce pavor. Me parece como si George Foreman o Sackylle O'Neal hubieran ido a una tienda de alta costura y se hubiera disfrazado de mujer del presidente. Podría imaginarme a la Monarca tragando saliva y apelando al espíritu de sus antepasados para aguantar impasible y sin enmendarse la acometida de la buena señora y su posterior achuchón, casi tan terrorífico como el abrazo del oso, mientras la guardia real, los estatuarios «beefeaters», brillaban por su ausencia dejándose fotografiar por los turistas.Romper el protocoloLa diplomacia exige sus sacrificios. Según los expertos en protocolo, doña Obama se lo saltó con categoría olímpica, como quien supera el peor obstáculo de la piscina del Grand National. Se supone que violó metiendo mano a la figura intangible de la Reina, sonriéndole como si fuera a merendársela a la hora del té. Su Majestad sólo pudo responderle acercándole el puño al culo, que, como se sabe, es una parte de la anatomía que no cabe en su lenguaje. Al final, puede decirse que salió victoriosa del envite, sin más secuelas que algunas arrugas y la marca de la zarpa en su vestido rosa. Ya pueden sonar las campanas. Si por un lado los capitostes del G-20 se reúnen para salvar al mundo, por su parte Dios sigue salvando a la Reina.