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La tierra de nadie

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Ya que Madrid aspira, por lo visto, a adoptar el inglés como segunda lengua, digamos, en inglés, que la fugaz cesura que separa la Navidad del Año Nuevo es una suerte de «no man´s land» fantasmagórica por la que deambula un ejército de espectros. Para aquellos que no estàn a la altura del casticismo «british» que exhibe doña Espe (o sea, «Lady Hope», si hay que tratar de Ussía a nuestra presidenta) no es ocioso aclarar que lo del «no man´s land» es la tierra de nadie, en español castrense.

Y ese es el espacio que, en las últimas horas, hemos cruzado a tientas. Arrastrando un macuto repleto de pereza y con el cosquilleo de la resaca emocional (de la otra no hablemos) ceñido, igual que un casco, en la mollera.

Los curritos fuimos a trabajar el 26 porque no somos nadie, porque a la fuerza ahorcan y porque hay que dar el callo para llegar hasta la extra. Sólo han sido tres días, pero se han hecho eternos. Porque hay días y días, y algunos son más largos que una legislatura del señor Zapatero. Hay días, por ejemplo, que están en el banquillo y nunca pasarán de ser suplentes.

Días cuya función es hacer bulto y rellenar los huecos que quedan en la agenda. Días que son transbordos que conducen desde la cena familiar al matasuegras. Hay días, en fin, tan de diario que naufragan en la galerna de las fiestas. Si ha llegado hasta aquí, y ha llegado muy lejos, el sufrido lector, piadoso y sereno, albergará la sensación de que el autor de este billete tiene el día tontísimo e intenta, a duras penas, cubrir el expediente. Pues quizá sea eso. El sufrido lector, al cabo, es un cliente y LA RAZÓN es suya, con razón o sin ella. El mayor de los pecados capitales para quien vive de fatigar el papel prensa es el quedarse «in albis» y carecer de tema.

Pero con el pecado va la penitencia y toca, sí o sí, apechugar con el teclado igual que un galeote con el remo. Todo por sacar lustre a esas jornadas laborables que son una pedrada después de la pedrea. Por darle un capotazo al «no man´s land», a la tierra de nadie, al baldío paréntesis.

La alternativa sería haber glosado el aluvión de mensajitos acerca del conejo e intentar romper el hielo con toneladas de sal gruesa. Mas, ¿valía la pena? Casi que no: Bugs Bunny, al fin y al cabo, se merece un respeto.