Más allá de Benidorm o el mar Caribe

Durante mucho tiempo asociamos las vacaciones a las playas y los hoteles de lujo, a ciudades turísticamente impresionantes como Benidorm o Torremolinos, a la fiebre del spa y los casinos, a las compras en París y los yates de Puerto Banús. A decenas de cosas más, como es evidente. Pero siempre en un escenario de normalidad que nada tiene que ver con el actual momento de crisis económica. Y en estas vuelve a Madrid Fitur, la gran Feria Internacional del Turismo, que reúne bajo el paraguas de Ifema a miles de personas interesadas en las novedades de un sector que ahora necesariamente tiene que ser mucho más imaginativo y menos previsible. Por eso en esta ocasión, y así lo exponemos hoy a lo largo de las páginas de nuestro suplemento VD, se imponen otros turismos menos encorsetados y más atípicos. Con el eje común de la austeridad, como es lógico. ¿Qué hacer cuando no debemos gastar más dinero del estrictamente necesario? Muchas casas, porque el mundo no se acaba en Playa Bávaro ni en las Bahamas. Hubo un tiempo en el que viajar a Costa Rica era casi tan económico como hacerlo a las Canarias. Ahora ambas cosas siguen siendo posibles, pues los tour-operadores se han puesto las pilas y ofrecen paquetes atractivos. Pero es verdad que las circunstancias ambientales hacen más apetecibles otro tipo de viajes menos al uso. Más vulgares si se quiere, aunque a veces lo vulgar acaba siendo ciertamente atractivo. Por ejemplo, escaparse un fin de semana a una granja en plena naturaza. Una granja bien acondicionada donde te ponen para desayunar pan caliente con aceite de oliva auténtico y huevos fritos de corral. O donde puedes pasar toda la mañana haciendo «bike» y los niños persiguiendo a las gallinas. Y comiendo a mediodía una fabada y por la noche sopa castellana. Hay un boom ahora del agroturismo y del turismo natural. Que no necesariamente tiene que ser un turismo primario o mochilero. Es verdad que hay campings en los que uno puede pasarlo mejor que en los más sofisticados hoteles de superlujo. El turismo de naturaleza tiene múltiples variantes. El slow-travel, o turismo tranquilo, es una de ellas. Viajar sin prisas a lugares no extenuantes sin necesidad de gastarnos todo el dinero del mundo. Escaparse a una casa de reposo en medio de un bosque o una montaña, para disfrutar del silencio y la paz que se respiran a mil metros de altura, o en un hayedo escondido. Pasear por senderos y rutas de piedras mil veces más antiguas que nosotros, o abrazar el tronco de un árbol para recibir su energía. Este turismo espiritual es bien barato y sencillo, sobre todo ahora que se lleva lo simple. Puede estar a mil kilómetros de distancia, pero también detrás de nosotros mismos, a apenas una hora por carretera o tren, pues es difícil que no podamos encontrar algún lugar con estas características a nuestro alrededor. Un paraíso cercano de los muchos que tenemos en España, parques nacionales o parques naturales o reservas de la Biosfera. El tren es una opción desde siempre bien sencilla, y al mismo tiempo gratificante. Los trenes de ahora son silenciosos y cálidos. Se puede leer en ellos a ratos, o simplemente ver el paisaje o dormitar mientras avanzamos. Hay trenes apasionantes pero caros y lejanos, como el transiberiano o el tren del Tibet, el tren azul de Sudáfrica o panamericano. Pero hay trenes próximos y bellos al alcance de cualquiera, como el Al-andalus o el Transcantábrico. Viajar no es imprescindible en nuestras vidas, pero es verdad que a veces un viaje ayuda a desconectar y a recargarnos. Para los que no pueden vivir sin salir al exterior, lejos de donde residen, también hay escenarios más accesibles que en épocas normales. Por ejemplo, visitar un país en crisis como Islandia. Ahora todo es allí más barato. O comprar en Londres, algo prohibitivo otrora y hoy recomendable por el hundimiento de la libra. O el trópico cercano de países como Cabo Verde, Gambia y Guinea Ecuatorial. Están a tan sólo tres horas de viaje y son como el Caribe pero sin explotar. O sea que hay turismo más allá de Benidorm.

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