«No me lo merezco como suele decirse pero lo trinco»

La Razón
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En el Bernabéu, el primer tiempo. Lo describió perfectamente el homenajeado, Alfredo di Stéfano, «menudo partido que me han preparado, menos mal que juego en casa, porque lo del avión lo llevo fatal». Allí recibió de manos de Michel Platini el Premio Presidente UEFA, en reconocimiento a su trayectoria y sus aportaciones al fútbol durante toda su vida, y empezó a jugar cuando tenía siete años. Comenzó el acto Ramón Calderón, breve, más extenso al final de la mañana. Platini dedicó cinco minutos a ensalzar la figura de Di Stéfano y a «destrozar la lengua castellana», y descubrió que intentó, sin suerte, ficharle para el Valencia cuando era su entrenador. En el tercer turno, ya con el premio, Alfredo, elocuente, genial, simpático a raudales. A continuación, corto paseo por la exposición fotográfica de su historia y viaje hacia Valdebebas, donde «jugaría el segundo tiempo». Allí, cielo cubierto, aire frío y una carpa blanca, como no podía ser de otra manera, dispuesta para seiscientos invitados.

Llegado el momento del recuento de personalidades, la vista se recreó en la nostalgia. Eusebio, la leyenda del fútbol portugués, Kopa, Fontaine e Iribar, y Marquitos, Gento, Pérez Payá, Del Sol, Müller, Santisteban, Amancio, Del Bosque, Grande, Pirri, Sanchis hijo, Butragueño, Míchel, Hierro, Quique Sánchez Flores, Tendillo, Valdano... Pasado remoto y reciente. Muy cerca, Federico Martín Bahamontes, superviviente del ciclismo épico, no del actual, enfangado por todos. Y Chus Pereda y Agustín Montal, ex presidente del Barça. Del Atlético, Collar, Mendonça, Rivilla, Adelardo, Pedraza... Y Enrique Cerezo. El presidente rojiblanco fue presentado por Ángel María Villar a Joseph Blatter, empeñado en que las elecciones de la Federación se celebren conforme al reglamento «fifo», o sea, cuando a Villar le dé la gana. Cerezo optó por estrechar relaciones con la FIFA cuando, digo yo, debió «trabajarse» a Platini, el de la UEFA, por aquello del escupitajo de Agüero y la sanción que se baraja, en torno a los tres partidos. Calderón ejerció de anfitrión con Ángel Torres ante las autoridades deportivas internacionales.

A Valdebebas también acudieron Alejandro Blanco, del COE, y Mercedes Coghen, de Madrid'16. Y Zidane. Se dudaba de su presencia, pero asistió, no así Esperanza Aguirre, y eso que estaba Aznar, ¡ah!, y también Gallardón; tampoco apareció Luis Aragonés, y no se esperaba a Pelé, Maradona y Cruyff porque, créanme, éstos no fueron invitados. Bobby Charlton se dejó ver con un mensaje televisado y Plácido Domingo pasó casi inadvertido entre tanta leyenda.

Delante del atril de los discursos, situó el Madrid el banquillo de las autoridades: Di Stéfano, en una esquina, y a su derecha, Calderón, Blatter, José María Aznar –llegó con su esposa, Ana Botella, que se sentó detrás, junto al vicealcalde Manuel Cobo–, Gallardón, Lis-savetzky, Enrique Mújica, Platini, Villar, Alberto López Viejo, Diego López Garrido y Pedro Montes, el escultor de la estatua que inmortalizará a «La Saeta».

Por delante de ellos, segundos antes de que comenzara la segunda tanda de discursos, pasó toda la plantilla del Madrid. Casillas, Raúl y Guti saludaron, uno por uno, a todos ellos. Raúl se entretuvo algo más, ¿un par de minutos?, con Aznar y Gallardón. Estos tres capitanes, más Salgado, el cuarto, todos con traje, ocuparon asientos; el resto, de pie, incluso Metzelder, que desfiló con muletas. Llamó la atención la indumentaria de Diarra, con un chandal que no sería el más solicitado del mercadillo. Sus compañeros vestían más o menos de sport, excepto Baptista y Cannavaro, con terno. El de Mali desconoce el protocolo, obvio es.

Había lugares reservados para los ex presidentes del Madrid... Fernando Martín y Montejano ocuparon los suyos, Florentino Pérez y Lorenzo Sanz los dejaron vacíos. Y a ritmo de tango, primero, y con la voz de Pavarotti, después, interpretando el «Nessun dorma», llegaron las imágenes del mito y otra vez los discursos: Blatter, «distefanista desde los 14 años»; Lissavetzky, quien destacó «la adrenalina, las neuronas y la testosterona» del Di Stéfano jugador; Gallardón, confiado en ver a Raúl en alguna lista, ¿del PP?; de nuevo Alfredo, con una frase monumental: «No me lo merezco; pero lo trinco, que se dice».

Envidiable lucidez; si las piernas le funcionaran como la cabeza, volvía; aunque es eterno. Clausuró la jornada Calderón, agradecidísimo, antes de descubrir la estatua del homenajeado. En resumen, un lujo.