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Nuestro último deseo

La Razón
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Para dejar las cosas claras desde el principio: por ser partidario de una vida digna para todos, lo soy también de una muerte digna. Quiero decir que entre una larga, lenta, penosa, artificial prolongación de mi vida y un desenlace rápido de la misma, prefiero lo segundo. Pero esa opción y ese momento tienen que ser míos, no de un médico, ni de un político, ni de un administrador, por muy sabios, honestos y concienzudos que sean. La muerte forma parte de la vida, y sería la última ironía que se nos negase el control de ella, como se nos han negado tantas otras cosas. Reconozco que son muchos los que consideran la vida algo tan valioso que merece la pena apurar hasta su último sorbo por amargo que sea. Pero precisamente por eso exijo que la última palabra sobre ello debe tenerla cada uno de nosotros, no alguien que actúe según los dictados de la ciencia, la religión, la ideología o las finanzas. Y si en esos momentos ya no estamos en plena posesión de nuestras facultades, que se respete lo que hayamos dejado dispuesto al respecto, debidamente confiado a las personas que queremos y nos quieren. Hago esta confesión ante el grosero espectáculo desencadenado en torno a las sedaciones en el «Severo Ochoa», el despido de los médicos que las practicaron y su semi rehabilitación por parte de la justicia. Como perros de presa se han enzarzado ambos bandos, esgrimiendo argumentos más políticos que humanos, para afianzar sus tesis y adelantar sus posiciones. Todo gira en torno a un ex consejero de Sanidad y a unos médicos. Nadie habla, en cambio, de los fallecidos y de sus familiares. Tan vil se ha convertido la batalla electoral que ni siquiera respeta la dignidad de la muerte. Volvemos a usar los muertos como munición contra el adversario y como argumento para obtener votos. Y luego creemos ser europeos, cultos, democráticos por tener un piso, un coche, una tarjeta de crédito y la posibilidad de elegir a unos individuos que mienten cada vez que abren la boca. Con nuestro consentimiento. Todo hay que decirlo.