Pasión en alta mar: el crucero que unió a Onassis y Maria Callas

Maria estaba tumbada al sol en el jardín, y sin embargo tenía las manos y los pies helados. Aunque había reducido los compromisos, sentía un cansancio infinito. Acababa de regresar de Londres: las cinco representaciones de «Medea» en el Covent Garden la habían dejado destrozada. Esa mañana estaba especialmente agitada: con un chal sobre los hombros sudaba, sin tener frío, y su corazón latía con violencia. Hasta la luz del sol que inundaba la casa le molestaba. -Titta, es absolutamente imprescindible que me tome un descanso- le dijo a su marido-. Ahora vamos a Amsterdam y a Bruselas, pero luego no quiero saber nada hasta mediados de septiembre. Nos instalamos un tiempo en el Lido, en Venecia, y hacemos unas sesiones de arenoterapia: necesito un poco de calor en los huesos. -Sí, pero es que ese Onassis insiste. Él y su mujer Tina quieren que hagamos un crucero con ellos en el «Christina». Salen de Montecarlo el 22 de julio. ¿Por qué no quieres ir? -Porque quiero estar tranquila, libre para hacer lo que me plazca. Esta es la razón- respondió tajante. Maria cerró los ojos y fingió dormir. No tenía ganas de discutir con su marido. Prefería estar un rato a solas con sus pensamientos. Pensaba en lo vieja que se sentía. Tenía tan sólo 35 años, y sin embargo carecía de energía. Era una mujer vacía. Se había entregado sin reservas al público y se había marchitado, como una flor cortada tempranamente. No tenía vida privada. Incluso cuando se encontraba en Sirmione o en su casa de via Buonarroti en Milán, Titta y ella no hacían más que hablar de trabajo, de giras, de entrevistas o de periódicos. Al sexo hacía tiempo que había renunciado, aunque no había sido una gran renuncia: nunca había sentido nada con Titta. Lo que le preocupaba era sobre todo la falta de entusiasmo que caracterizaba sus jornadas. El tiempo transcurría siempre igual, entre suites, camerinos y sonrisas forzadas. Tenía ganas de ser un poco dueña de sí misma. En todos aquellos años hechos de rostros desconocidos que habían ido desfilando ante sus ojos, sólo uno se le había quedado grabado: el de Aristóteles Onassis. Tenía miedo de ese hombre. No sabía por qué. La inquietaba, sí, la inquietaba. La hacía sentir una mujer vulnerable. Su carácter instintivo, su personalidad siempre sorprendente e impetuosa la fascinaban y a la vez le producían rechazo. En definitiva, cada vez que pensaba en él sentía nacer en su interior una inquietud que no lograba refrenar. Era griego, era un nómada, había nacido pobre, como ella. Era un hombre casado, arribista, egocéntrico, como ella. «Quién sabe cómo hace el amor», se le escapó en cierta ocasión hablando con Elsa Maxwell, que la informaba minuciosamente de las turbadoras dimensiones de su potente miembro. No se escandalizó ni un instante de ese pensamiento: Aristo, así lo llamaba en su interior, sabía despertar en ella los instintos primitivos, los más bajos y los más terriblemente perturbadores. Aceptar su invitación para las vacaciones significaría ceder a esa instintividad. Maria lo sabía. Por eso huía de él. [...] El barco más deseado Habían llegado por fin al hotel Hermitage. Maria contemplaba desde el balcón de la suite a los mozos que cargaban en el «Christina» todos sus baúles. Tal vez había exagerado. Biki le había confeccionado 23 trajes de día, 23 trajes de noche, 23 bañadores perfectamente combinados con los accesorios: tantos como días iba a durar el crucero. Desde luego no quería desentonar. Los huéspedes de honor a bordo, los peces gordos que el armador ya había vendido a los periodistas de todo el mundo, eran dos: Winston Churchill y Maria Callas. La diplomacia y el arte, la estrategia y el abandono: dos mundos que por primera vez se encontrarían en el barco más lujoso y más deseado por la «jet set» [...] En el «Christina» las costumbres eran completamente distintas. En aquel dichoso barco nadie se levantaba antes del mediodía. El único madrugador era Winston Churchill, que desayunaba a base de whisky y zumo de naranja. Y desde que estaba a bordo, no se había dignado dirigir ni una mirada a Titta. Además, se mareaba. En el camarote no podía poner el aire acondicionado por temor a perjudicar la voz de su mujer. En otras palabras, aquel crucero se estaba convirtiendo en un infierno. Y no estaba dispuesto a soportarlo ni un día más. -Titta, escucha. No podemos ofender a Ari. Aguanta unos días más, dentro de poco todo habrá terminado- cortó Maria. Ella no tenía problemas. Onassis le parecía una persona divertida y muy agradable. Había entre ellos una sintonía indudable. Después de cenar, a Maria le encantaba quedarse a su lado hasta el amanecer charlando bajo las estrellas. Hablaban de todo: de su vida en Grecia durante la guerra, de los muchos sacrificios que habían tenido que hacer para alcanzar la cima del éxito. Maria le había puesto al corriente incluso de su delicada situación económica. -En tantos años de carrera cantando en todos los teatros del mundo, no he ahorrado ni una lira. Todo lo administra mi marido. No soy dueña de nada. -Eso es terrible, Maria. Con lo que has cobrado, a estas horas deberías ser multimillonaria. Si me lo permites, de ahora en adelante seré yo quien se ocupe de tus ahorros y ya verás cómo en pocos meses tu patrimonio empezará a aumentar. Cada hora que transcurría a bordo del «Christina», Maria sentía que se reforzaba la fe y la confianza en Aristo. -¿Por qué tendrías que ocuparte de mis asuntos, Ari?- le preguntó, desconfiada, Maria. Desde que era la Callas, había aprendido en su propia carne a no fiarse de los gestos de altruismo. El objetivo siempre era obtener algún provecho cuando se trataba de sacarle dinero a la cantante más famosa del mundo. -Es sencillo, porque me gustas- le respondió Onassis, pillándola por sorpresa-. Pero todavía no has aprendido a abandonarte. No escaparás de mí, Maria. Soy un animal. Un animal crecido en un ambiente salvaje, que ha luchado y ha matado para sobrevivir. Distingo con el olfato lo que conviene a mi vida. Y tú serás mía, porque así lo quiere el destino. Somos griegos, llevamos la misma sangre, los dos lo sabemos muy bien: nos necesitamos el uno al otro. Tienes que deshacerte de todos esos miedos burgueses y provincianos. En tu interior, sigues siendo la muchachita de Atenas que zarpó de Grecia hacia Nueva York en busca de fortuna. Luego, en vez de hacer frente a las mil dificultades de la vida norteamericana, has preferido sobresalir en la provincia italiana. Todo esto te ha convertido en una persona algo triste y modesta. Pero yo haré de ti una mujer. Maria se había quedado confusa ante esas palabras. Por un lado, le parecían muy hermosas. Le gustaba fantasear con un futuro junto a su Aristo. Por el otro, le parecían irritantes: ¿cómo osaba aquel hombre dirigirse a ella en tales términos? -Aristo, es tarde. Es mejor que nos retiremos. Buenas noches. Hasta mañana- dijo la Callas, cerrando la puerta del camarote. Martilleo incesante La puerta que se interponía entre ellos la hacía sentir menos vulnerable. Titta roncaba y ella, acostada a su lado, contemplaba a través del ojo de buey las estrellas que en el cielo competían en brillo. «¿Qué me está pasando? ¿Hasta cuándo voy a resistir?»; esa noche se durmió con esta pregunta que le martilleaba despiadadamente el corazón y el cerebro [...] Al día siguiente, Maria pretextó un fuerte dolor de cabeza. Prefería las lamentaciones de Titta a las miradas de odio de Tina, la esposa de Onassis. De modo que decidió retirarse a su camarote. Titta, que también se había quedado en el barco, estaba comiendo con el capitán. Debido a las circunstancias, se habían convertido en excelentes amigos. A esas primeras horas de la tarde, seguramente la dejaría dormir. -Titta, todavía no me encuentro bien. Déjame en paz. -Seguían llamando a la puerta-. Pero bueno, ¿es que además te has vuelto sordo? Maria no podía dar crédito a lo que veía. No era su marido el que tenía delante, sino Aristo. -¿Qué estás haciendo aquí? ¿No tenías que comer con tus suegros? ¿Has dejado a Tina? -No estaba tranquilo, Maria. No me gusta que estés aquí sola. Quiero estar contigo. Cuando tú no estás, siento que me falta una parte de mí. No sé lo que está pasando ni tampoco me interesa encontrar una respuesta. Lo único que sé es que sólo me encuentro bien cuando te tengo cerca. Maria se estremeció. El corazón le latía con fuerza. No podía razonar ni hablar. Aristo le parecía más hermoso que nunca. Con aquel rostro tan bronceado y aquel mechón rebelde de cabellos que la brillantina no conseguía dominar, con aquellos brazos fuertes, de marinero. -Bien, no es muy prudente. Pero lo que me dices me gusta y...- Maria no conseguía balbucear nada más. Aristo la tomó en sus brazos y la besó con furia. Sus besos contenían toda la pasión que ambos habían reprimido a lo largo de aquellos días, el deseo de darse y de poseerse. Maria sintió que le fallaban las fuerzas. -Esto debe de ser el amor- dijo. Nunca en mi vida había sentido algo así, Ari. Me siento llena de ganas de vivir. Deseo proyectar cosas nuevas para mi vida, para nuestra vida. Sí, deseo pensar para dos. Nunca lo he hecho, pero siento que contigo es así. Mientras le hablaba, Ari la besaba en el cuello, le recorría la nuca con la lengua, le lamía los lóbulos de las orejas haciéndola enloquecer de placer. Era su primera vez. Se sentía como una adolescente en su primer amor. Los besos de aquel hombre, ávidos, cálidos, envolventes la hacían comprender que nunca había conocido la felicidad. -Ahora puedo volver junto a aquella gente más sereno y más fuerte-, le dijo liberándola de sus brazos [...] Salió tras haberle dado un último y ávido beso: le había chupado el labio inferior hasta hacerlo sangrar. Maria estaba aturdida, incapaz de pronunciar palabra. Aristo, su Aristo, había arrojado al mar un trozo de su vida. El reloj que le regaló su padre y del que no se separaba nunca. El primer gesto que aquel hombre había tenido con ella había consistido en liberarla de un trozo de su vida. «Así es- dijo en voz alta Maria-. Hasta ahora he vivido para el canto. A partir de hoy viviré para Aristo. Soy una mujer nueva. Hoy nace Maria. La Callas ya ha vivido bastante.»