Pero hay abortistas

A estas alturas ya no es fácil distinguir la buena intención de la malicia y con un millón largo de abortos ya no hay sitio para la inocencia: es el fruto de la ley de 1985 y ahí está una reforma venidera intencionadamente proabortista

Pero, ¿hay abortistas?
Pero, ¿hay abortistas?

Es lo que últimamente me pregunto. Y lo hago porque a base de leer pareceres favorables a la inminente reforma del aborto concluyo que hay un maleficio o mucha hipocresía. Me explico. Todo el mundo dice lo mismo, también los defensores de la reforma: el aborto es un drama, nadie lo quiere, es un fracaso. Sin embargo quienes deberían empeñarse en contra de ese drama –si son sinceros– no sólo no hacen nada sino que descalifican a los que sí quieren evitarlo. Pero vamos por partes porque el tema no es de hoy.Releía hace poco «La memoria recuperada», de Maria Antonia Iglesias. Un libro interesante. Y me fijaba en el testimonio del que fue el primer ministro de Justicia de Felipe González, Fernando Ledesma. A propósito de la actual ley de aborto recordaba sus planteamientos ante el Congreso de los Diputados y que también sostuvo el propio González en alguna entrevista: al drama de abortar no se puede añadir el de la cárcel, tan es así –lo advirtió Alfonso Guerra– que si el Tribunal Constitucional hubiese «tumbado» esa ley, se hubiera ido a una política de indultos masivos. Pues bien, Ledesma sostuvo ante el Congreso que «la huida al Derecho penal es uno de los síntomas más alarmantes de una sociedad enferma que es incapaz de solucionar sus problemas porque no sabe o no quiere romper con un pasado oscuro e irracional». Desprendido de adjetivos un tanto extremos, tal criterio se puede compartir. Hace unos meses, en otro artículo en estas mismas páginas («Entre cándidos y abortistas»), recordaba las palabras del obispo Iniesta: «Mi conciencia rechaza el aborto, pero mi conciencia no rechaza la posibilidad de que la ley no lo considere un delito».Como digo ese criterio es asumible, pues estar a favor de despenalizar el aborto no tiene por qué significar ser proabortista: debería significar sólo que no se confía en que la respuesta penal por parte del Estado sea la adecuada ante quien aborta en circunstancias límite. Visto así todo sería cuestión de debatir cual es el medio más idóneo para que el Estado proteja al no nacido. Porque el Tribunal Constitucional dijo que el Estado no puede desentenderse, que debe protegerle de manera eficaz lo que no impide que renuncie o atenúe la protección penal si es que, a cambio, procura otra igual de eficaz.Pero al cabo de veintitrés años esos planteamientos ya no se sostienen. El Estado no ha hecho nada, absolutamente nada, para llenar ese hueco que dejó desprotegiendo penalmente al no nacido; es más, el camino ha sido el contrario. Primero despreciando su propia ley, permitiendo que el grave riesgo para la salud psíquica de la madre sea un sucedáneo de aborto libre, por lo que floreció el negocio del aborto legal; segundo, no integrando en la educación un planteamiento favorable a la vida humana; tercero, presentando como educación sexual una suerte de aquí vale todo con tal de que no haya embarazo y si lo hay, ahí está el aborto: se explica así que cada campaña para difundir el preservativo se haya saldado con más aborto; cuarto, contemplando impasible un incremento año tras año de las cifras de aborto legal; y quinto rechazando proposiciones presentadas para dar salidas, alternativas, a la embarazada que se plantea abortar.Con todo, repito, puedo admitir que en los planteamientos iniciales hubiese cierta buena intención, al menos sobre el papel, a lo obispo Iniesta. Pero a estas alturas ya no es fácil distinguir la buena intención de la malicia y con un millón largo de abortos ya no hay sitio para la inocencia: es el fruto de la ley de 1985 y ahí está una reforma venidera intencionadamente proabortista. Lo será porque se hace a petición de los empresarios de la industria abortista; porque el no nacido no es más que el presupuesto para el ejercicio de los «derechos reproductivos» de la mujer; porque se quiere hacer pasar por seguridad jurídica lo que no es sino garantía de impunidad; porque se hace a conciencia de ese millón de abortos de estos años; porque se quiere asegurar (otra apelación espuria a la «seguridad jurídica») esa cuota de mercado emergente que son las chicas mayores de dieciséis años y porque la mujer es el pretexto y su destrozo no importa: el papel que le tiene asignado el feminismo salvaje, de género, coaligado con la industria abortista, no es otro sino inmolarse en la hoguera de su concepción del progresismo y de las cuentas de resultados.Hace poco el doctor Jesús Poveda me contaba una anécdota que le ocurrió con un colega abortista. Le preguntó que cómo, siendo médico, podía hacer un aborto y la respuesta fue tajante, cargada de cinismo: «Me asombro de lo que soy capaz de hacer por dinero». Estos son los amigos del gobierno, a su servicio se pone el Parlamento; estos son los que reclaman seguridad jurídica, estos son los favorecidos por la ley de 1985 y por la venidera, ¿nos vamos aclarando?

*Magistrado