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Álvaro de la Rica indaga en «Kafka y el Holocausto» en el origen del nazismo

Proceso a la barbarie humana

  • Proceso a la barbarie humana
    Proceso a la barbarie humana

Tiempo de lectura 4 min.

09 de julio de 2009. 00:49h

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9/7/2009

Es difícil acercarse a Kafka y no quedar perturbado por su capacidad de intuir el angustioso contorno existencial del hombre contemporáneo. No sólo por su capacidad de realizar el diagnóstico más inquietante de las «potencias diabólicas» que iban a acechar nuestro porvenir -burocracia, totalitarismos, alienación individual-, sino por hacerlo desde una escritura impersonal, donde la vida y el amor eran sacrificados en el altar de la literatura. Como dice Claudio Magris en el prólogo de este importante libro, en Kafka «escribir significa nombrar la vida pero sin infundir vida, faltar al propio objeto haciendo brillar la esencia en este naufragio». Su lúcida reflexión sobre la fuga en lo animal del hombre impotente -«La metamorfosis»- y asfixiado en un entorno inhabitable ha servido de piedra de toque para los más grandes y hundido a interpretaciones mezquinas. La sombra de un peligo Consciente de la dificultad de seguir diciendo algo original sobre este «artista del hambre» a la vista de todo este ruido de interpretaciones, Álvaro de la Rica sale airoso de este envite y propone seguir un hilo rojo siempre sugerente: su singular confrontación con el judaísmo. Conviene recordar, como afirma el autor, que si Kafka hubiera vivido unos años más habría sido perseguido y liquidado. No es casualidad que sus tres hermanas murieran asesinadas en Auschwitz. De ahí que el libro termine reflexionando sobre las causas por las que el escritor checo se convirtió en uno de los sismólogos más sensibles del «apocalipsis» moderno. Sabido es que los personajes más decisivos de la literatura contemporánea no vuelven a casa. Ningún hogar les espera. Lo interesante en Kafka es cómo se llegan a entrecruzar la temática de la diáspora judía y esa extranjería universal que va alcanzando al nuevo ser humano privándole de todo territorio «natural». Como demuestra De la Rica, medirse con Kafka, es inagotable, entre otras cosas, penetrar en el secreto de un nuevo poder ubicuo y de un nuevo dominio, y de una incomprensible Ley que nos convierte a todos en extranjeros. Testigo excepcional Otro mérito de De la Rica es que tampoco rehúye los textos que más dificultades plantean. Teniendo en cuenta que no es exagerado «afirmar que Kafka es el gran testigo del totalitarismo político y que sus narraciones componen misteriosamente el alfabeto del nazismo (en parte puede afirmarse lo mismo respecto del sistema político comunista)», la pregunta es saber por qué él fue capaz de adquirir esta competencia profética. En diálogo con otras aproximaciones y críticas -de Scholem a Benjamin pasando por Steiner o Calasso y Baioni-, pero manteniendo puntos de vista originales («Ante la Ley»), el libro brilla en el empeño de apuntar estas claves, aunque se olvide de discutir interpretaciones sobre este espinoso asunto que, como las de Adorno o Deleuze, quizá hubiesen mejorado un texto ya de por sí muy sugerente. ¿Cómo se desarrolla en Kafka esta agudeza? El ensayo aporta varios ejemplos. Reparemos en el final de «El proceso», donde K. se enfrenta a un poder anónimo, laberíntico que reclama su transparencia, su condición de objeto. No tiene derecho al secreto, a una posible frontera entre lo público y lo privado, se siente perseguido, observado, expuesto a una situación de infantilismo continuo donde dos funcionarios le sorprenden en la cama, le detienen y se toman su desayuno. Como se habrá advertido, no estamos lejos del sueño totalitario de «la gran familia sin secretos». Kafka encarna el pudor personal de ser convertido en un objeto de transparencia total. Incluso al final del libro, dos hombres observan los últimos estertores de la agonía de K. «¡Cómo un perro!», grita antes de morir. Presintiendo la animalización a la que se iba a condenar al pueblo judío, Kafka hizo de esta situación de necesidad virtud literaria. En la selección «Cuando Kafka vino hacia mí...», su compañero de clase Emil Utitz lo explica: «Interiormente [¿] sufría esta situación de marginalidad de la manera más intensa. Toda su vida es un esfuerzo continuo por superarla. Un proceso que instruyó contra sí mismo. Cada uno de sus textos aboga por una decisión existencial de extrema honradez». Kafka era un autor contrario a apoyarse en la psicología. De ahí que el interés de la recopilación de testimonios de Hans-Gerd Koch -responsable de la edición de sus obras completas- radique en su acercamiento a la figura «desde fuera», a través de sus encuentros con otras personas. Los bosquejos biográficos más conocidos de G. Janouch y M. Brod, a pesar de su peso, quedan equilibrados con otras contribuciones. No todas las aportaciones, todas breves, tienen el mismo nivel, pero el curioso caleidoscopio que conforma brinda claves interesantes del personaje.

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